MONTAÑEROS, LO QUE HAY DETRÁS DE «LA SAGA»

(¡Aquí hay muuucho spoiler, ojo!)

No sé si te sucede a ti cuando lees, pero en mi caso, cuando escribo una historia con una fuerte carga emocional, me deja afectado por un tiempo. Eso me sucedió a finales de 2018. Había trabajado durante meses en «Bajo el Puente de los vientos» y «No soy Lizzy Bennet» y necesitaba recuperarme. Por eso me marqué como objetivo que mi siguiente novela sería algo ligero, divertido, donde tanto yo como mis lectoras lo pasáramos bien.

«Montañeros» se concibió como una sola novela, con la ambiciosa idea de contar la historia de los cuatro protagonistas masculinos. El plan original era muy diferente a lo que es hoy la obra. Quería contártelo todo a la vez, siguiendo esa estructura en espiral y unidad temporal que usa George R.R. Martin en «Juego de Tronos», de manera que narrara una parte de la vida de Jedidiah y continuara con la de Carlisle, para seguir con la de Chaz y luego con la de Rhett, empezando otra vez con el primero.

En este esquema, la aparición de las protagonistas femeninas era diferente ya que, menos Tori, que hacía acto de presencia a mitad de la novela, las otras tres surgían casi al mismo tiempo. Julie seguía siendo bióloga, Elizabeth había llegado a Great Peak para resolver la muerte de su padre y, una vez allí, la contactaban para defender los intereses de Rhett, y Claire viajaba con su hija a las montañas para tomar los aires revitalizantes de las altura, aunque en verdad huía de un matrimonio acabado. Todo esto sucedía a la vez y los lectores deberían ir desentrañando las tramas de cada historia que se entremezclaban para apoyarse unas en otras.

Como ves, era una novela bastante diferente en su estructura, que tenía el ambicioso objetivo de llegar hasta las 400 páginas.

La idea se trunca a los cuatro meses de trabajo. En ese momento llevaba cerca de 200 escritas y apenas había empezado a contar la historia. Se hacía demasiado lenta, demasiado densa, demasiado extensa. Y eso no era la idea. No podía perder de vista que quería divertirme y quería que tú también lo hicieras. Así que tuve que plantarme y replantearlo todo de nuevo.

Fue entonces cuando surgió la idea de hacerlo en cuatro novelas cortas, con una pareja de protagonistas para cada una de ellas. Esto obligó a localizar cuatro conflictos nuevos que pudieran mantener la tensión en cada una de estas unidades, y alargar el conflicto general (la excavación de la mina) para que fuera un lugar común y diera unidad al conjunto. Para recalcar este paso del tiempo, pues ahora cada aventura amorosa de sucedía una a otra en vez de desarrollarse todas a la vez, se me ocurrió usar las estaciones: invierno, primera, verano y otoño. Una forma fácil y visual de entender que la historia avanzaba.

El siguiente paso fue despedazar lo que ya estaba hecho. Una cincuentena de páginas (más o menos), para cada novela, no tanto para las historias de Chaz y Rhett. Había que empezar a trabajar a partir de ahí.

Antes de que salieran a la venta (febrero de 2019 la primera entrega), ya estaban escritas la primera y la segunda parte de la saga y esbozada la tercera. Pero entonces sucedió algo en mi vida (que algunas conocéis) y tuve que dejar  unos meses el proyecto aparcado hasta resolverlo. No fue fácil, pero las prioridades son las prioridades.

Retomé la saga a principios de 2020 y fue muy gratificante que las dos últimas novelas vieran la luz durante el confinamiento, como una manera de entretener a mis lectoras que, como yo, lo necesitábamos.

Con «Montañeros, la Saga» he querido volver a la idea inicial de que todas las historias estuvieran en un solo volumen. Seiscientas cuarenta páginas que contienen las cuatro historias, solo en papel.

 

Aqií tienes LA SAGA COMPLETA, en papel, 640 páginas de rudos Mountain: PINCHA AQUÍ.

 

¿Mi novela favorita?

«Una dama en las cumbres», porque fue donde más me divertí. Tori me hizo soltar carcajadas mientras escribía porque conozco a gente como ella.

¿Mi personaje favorito?

Creo que Jedidiah, porque asume la responsabilidad de cuidar de todos, a pesar de tener que aparentar una dureza que en verdad no tiene. Eso me resulta muy tierno y digno de admiración.

¿Mi escena preferida?

Cuando Carlisle se las apaña para que Elizabeth reviva las cosas buenas de su niñez y llena la pradera de flores y los árboles de nieve.

¿La novela más loca?

«Un engaño salvaje», sin duda. Es la historia de amor de una mujer madura y no quería que fuera ni triste ni moralista. Creo que cuando una relación se acaba es sensato dar las gracias por los buenos momentos y pedir perdón por los malos. Esa es la única manera que conozco de continuar sanamente. Para contar esto sin caer en la nostalgia era necesario recurrir a esa divertida locura.

DESMITIFICANDO LIBROS, POR J. DE LA ROSA

Quienes amamos la lectura hemos desarrollado de forma instintiva una veneración hacia el libro.

Es normal. Posiblemente muchos de los mejores momentos de nuestras vidas nos lo hayan proporcionado sumergirnos entre sus páginas. Desgranar paso a paso una escena. Intentar leer más despacio para que no se acabe aunque el corazón martillea a cien en nuestro pecho. Apartando las lágrimas mientras a nuestro alrededor no comprender por qué lloramos. Riendo como locos. Comprendiendo al protagonista, a la protagonista de nuestra novela mejor quizá que a nadie en el mundo. Aprendiendo sobre los caminos tortuosos de la vida.

Hace muchos años, cuando me tocó realizar las prácticas de empresa de final de carrera, fui destinado a la televisión local de un pueblo cercano.
Por aquel entonces, con veintipocos, yo había recibido la afición por la lectura de manos de las mujeres de mi casa, todas furibundas lectoras, que guardaban sus tesoros con celo. En casa los libros estaban protegidos con una cobertura de vinilo, había que cuidarlos, mimarlos, y por supuesto tener cuidado de que nunca se mancharan ni fueran víctimas del descuido. Para mi madre, para sus hermanas, para mi abuela, los libros formaban parte casi de un mercadeo secreto donde el objeto de tráfico era más precioso que el oro.
Cuando llegué a aquel pueblo de la campiña, mi primer trabajo consistió en entrevistar a una señora, ya muy anciana, que el ayuntamiento galardonaba por su labor cultural y didáctica.
¿Qué había hecho? Algo tan simple como abrir su biblioteca al público en un barrio marginal y atacado por las drogas.
Fui a su casa previa cita. Un piso humilde en una tercera planta, en una calle poco recomendable de un barrio aún menos.
Había libros. Cientos. Miles. Pero no en las estanterías y forrados de plástico como en mi casa. Estaban en el suelo, apilados hasta el techo. Sobre los muebles. Encima de la mesa. Junto a los cacharros de cocina, sujetando las patas cojas de las sillas. Haciendo de bandeja para la cena. Como posamacetas, en el pretil de la ventana, en el baño…
La mujer era una de esas ancianas dulces con sempiterna sonrisa que te gana el corazón, y yo no entendía cómo alguien que como ella, que debía amar los libros, los trataba de aquella manera.

Hablamos un poco, palabras de cortesía. Antes de que yo entrara en materia ella me pidió que tomara un libro cualquier y lo abriera. Tenía junto a mi mano, en una mesa donde estaba servido el café (un gato durmiendo, varios periódicos y muchas pilas de libros), un raído ejemplar «La Regenta». Lo tomé. Lo abrí… y aún me horroricé más.

El libro estaba «destrozado». Había anotaciones por todos lados. A bolígrafo, a lápiz. A rotulador. Dibujos. Esquemas. Gráficos. En los márgenes. Entre las líneas. Cruzando la página. La miré sin comprender. El premio que le iban a dar, la sabiduría que enseñaba su semblante y lo que veía, no cuadraban en absoluto.

Y así están todos. Más o menos —me dijo

Fue entonces cuando me contó lo siguiente:

Cuando llegó al barrio como profesora hacía cincuenta años no había biblioteca pública, así que decidió abrir su casa a quienes quisieran leer. Un café, una comida y un libro. Para muchos leer era comer. Pero pronto se dio cuenta de que no se generaban vínculos entre los lectores y los libros, así que empezó a pedir que una vez devuelto le contaran sus impresiones. Le impactó tanto el darse cuenta de que un mismo libro era un mundo completamente diferente para cada persona que lo leía, que su siguiente paso fue inevitable. A cambio de prestar un libro, de un plato de comida, pedía que fuera devuelto con anotaciones.
Así lo hizo. Cada libro de aquella casa era mucho más rico que su hermano de la mía: era la obra de un autor, más las impresiones de varias generaciones de chavales de aquel barrio.

Dejaron de ser sagrados para ser divinos.

Ese día aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida. Yo, un muchacho que se lavaba las manos antes de coger de la estantería sin rastro de polvo su libro forrado de vinilo: 

Hay que perderle el respeto a los libros, porque la intimidad solo se logra cuando nos manchamos las manos y cuando dejamos parte de nosotros en el camino.

TÚ ANTES QUE YO, POR J. DE LA ROSA

Si algo tenemos claro tú y yo es que queremos ayudar a quienes amamos: familia, amigos, vecinos, compañeros del trabajo y de la vida. 

Leía este verano que a pesar de lo que nos cuentan las noticias, el ser humano es un ente que tiende a hacer el bien y a ayudar a los demás. El ejemplo que ponían era universal. Cuando leemos sobre una catástrofe, por ejemplo el terremoto de México o el atentado de Barcelona, “sentimos” automáticamente. Algo se dispara en nuestro cerebro, en nuestro corazón, y aparece la compasión. Nos preocupa lo que les ha pasado a esos desconocidos, nos angustiamos por sus familias, por sus pesares, aunque nos separen miles de kilómetros. Es algo general y que no controlamos. Es parte de aquello que nos hace humanos… a pesar de lo que digan las noticias.

Sin embargo, creo que cuando hacemos el bien a los demás, cuando ayudamos a aquellos a quienes queremos, debemos conocer cuál es el límite de nuestras vidas, porque no podemos realizar la vida de otro ni encargarnos de sus tareas. Hay responsabilidades que no son transferibles. Que solo son asumibles por aquel a quien le ha tocado llevarlo a cabo, y nosotros, los que los queremos, solo podemos estar ahí, ayudar, apoyar, pero no intervenir.

Me vienen a la cabeza algunos ejemplos:

➽ Es tu responsabilidad educar a tus hijos, no la mía ni la de sus profesores. Yo puedo ayudarte, pero no puedo hacerlo por ti.

➽ Es tu trabajo aceptar tu sexualidad, aunque duela. A mí me tendrás a tu lado siempre que lo necesites, en los momento oscuros y difíciles, lucharé a cada momento por los derechos y la reparación de las injusticias, pero tú tienes que aceptarlo.

➽ Es tu tarea aclarar la situación con tu pareja. Yo puedo aconsejarte lo que la vida me ha enseñado, pero no puedo poner mi corazón en la mano para mostrárselo a ell@.

➽ Es tu obligación cuidar de los que te han cuidado. Yo puedo ayudarte, darte mi tiempo y mi escaso dinero, pero ese es tu camino y debes recorrerlo tú mismo.

➽ Es tu necesidad gestionar el legado de tus padres. Yo puedo decirte cómo se clasifica, cuál es la forma más eficaz, de qué manera puede ser más fácil. Pero eres tú quien debe abrir las cajas escondidas en el trastero y mirar dentro, una a una.

➽ Es tu destino tomar decisiones. Yo puedo decirte que no existen las decisiones acertadas. Cada una te llevará en una dirección y te garantizo que nunca será la que esperabas, pero debes ser tú quien elija cuáles son las adecuadas.

En definitiva, creo que ayudar a los demás consiste en ofrecerlo todo, teniendo muy claro cuál es tu proyecto vital y cuál es el proyecto de vida del otro, sin injerir ni permitir injerencias.
 

EL LADO SALVAJE DE LA VIDA, POR J. DE LA ROSA

 

Tengo una ligera obsesión, quizá enfermiza, por entender qué diablos hago en este mundo. Posiblemente tú también, y Aristóteles, y Séneca, y Kant, y todo aquél que en algún momento se ha planteado si somos el mero fruto de una casualidad o si existe una explicación a algo tan complejo como es nuestra conciencia.

Veo la vida como una espiral ascendente. Quizá porque los huracanes y los tornados tienen esa forma y su fuerza centrípeta lo arrastra todo hasta arriba y hacia el centro hasta llegar a un punto donde muere. Así veo yo la existencia. Naces y el plan, aunque un tanto frívolo y simplista (permítemelo), ya está trazado:

  • Te educan para seguir las reglas de comportamiento.
  • Adquieres el cocimiento teórico necesario para vivir en sociedad.
  • Terminas los estudios.
  • Te sacas el carnet de conducir.
  • Conoces a alguien (este punto puede ir antes o después).
  • Alquilas o comprar un piso.
  • Tienes un hijo o varios.
  • Los grupos de papás y mamás.
  • Un coche más grande.
  • La casa de la playa.
  • Más horas de trabajo para pagarlo todo.
  • Cambias de coche por uno mejor.
  • Los hijos empiezan a marcharse.
  • La jubilación y los sueños que ya no tienes fuerzas para cumplir.
  • Posiblemente el divorcio en algún punto del trayecto.

Sí, demasiado simplificado y esquemático, pero  solo es para entendernos, porque después de esto hay que empezar de nuevo hasta llegar a una meta que es lo único cierto que tenemos al nacer.

Si desde que naces te dejas arrastrar por esta enorme fuerza centípeta que tiene forma de espiral, es posible que las cosas te vayan bien. Y si no es así, al menos casi te puedo garantizar que podrás encontrar respuesta a tus preguntas entre los que te rodean.

Los que por alguna razón nos quedamos fuera de la espiral, o porque decidimos no estudiar, o porque preferimos no tener pareja, ni hijos, ni un trabajo estándar, ni un coche grande ni pequeño. Los que incluso decidimos poner en cuestión la bondad de esta espiral ascendente y arrolladora aunque repleta de seguridad, solemos tener problemas. Quizá no más que los otros, pero sí es más complejo encontrar las respuestas porque no hay una tradición social centenaria que ya las haya dado.

En definitiva, creo que la única razón por la que estamos aquí es para conocernos a nosotros mismos y experimentar qué nos puede ofrecer la vida.

Vivir fuera de la espiral es lo que Lou Reed llamaba Walk on the Wild Side. En el imaginario de Lou entiendo que un tanto más alocado que en el mío, pero igualmente al margen de lo «correcto». Un camino duro y excitante lleno de peligros. ¿Te apuntas?

 

(SONRISA DE BOBO)… FINALISTA DEL PREMIO LITERARIO AMAZON 2017, POR J. DE LA ROSA

¿Exactamente a qué juega la vida con nosotros? Hace unas semanas hablaba de la Rendición, y te contaba que a veces es necesario rendirse, dejar que las cosas sucedan, no forzarlas, porque al final lo que tiene que pasar pasará.

Antes te había contado por qué había autopublicado «Bajo el Puente de los Vientos», y una de las razones era que quería que todas las responsabilidades de mi decisión de hacer “lo que me diera la gana” no recayeran sobre una editorial que me había mimado y cuidado, sino sobre mí mismo.

Y un poco antes te había contado por qué había dejado de escribir en septiembre de 2016 y cuáles eran mis intenciones en el futuro.

Ayer, cuando recibí la llamada de Álvaro, Project Management de Amazon, para decirme que era uno de los cinco finalistas del Premio Literario Amazon 2017 tuve que hacer aquello que hago cuando necesito comprenderme: caminar

¿Conoces Sevilla? (¿Noooooo? Pues deberías. Llámame, que soy buen Cicerone). De mi trabajo a mi casa estuve circunspecto durante más de una hora, pensando en qué podría suponer ser finalista de un premio como este.

Mi conclusión es esta: voy a disfrutarlo. Siempre había querido que la escritura me aportara un medio de vida, porque es lo que más me gusta del mundo, escribir. Solo escribir. Pero hace tiempo que descubrí que lo que me regalaba día a día este divino oficio son personas. Relaciones con gente que nunca hubiera podido conocer si no hubiera escrito un libro. Y eso, amig@ mí@, es lo que más me sorprende y los que más me gusta de este mundo lleno de sorpresas.

Que gane quien deba. En noviembre, emocionado pase lo que pase, retomaremos este post.

#Premioliterario2017, #PremioAmazon2017, #Premioindie2017, #Bajoelpuentedelosvientos.

QUE TODO CAMBIE PARA QUE NADA CAMBIE, POR J. DE LA ROSA

Tenía 21 años cuando se estrenó La lista de Schindler. Me impactó. Como a muchos. Me preguntaba por qué no habían huido mientras pudieron. Me refiero a los judíos, los gitanos, los polacos, los homosexuales, los discapacitados… todos aquellos que estaban fuera del ideario nazi y que terminaron en los campos de exterminio. Entre 15 y 20 millones de víctimas según el Holocausto Memorial Museum de Washington. ¿Por qué no escaparon cuando se avecinaba el peligro, por qué no se marcharon antes de que llegaran, de que asaltaran sus casas, destruyeran sus negocios, o los redujeran en los guetos? He tardado otros 25 años en comprenderlo

Para documentar Bajo el Puente de los Vientos he usado dos tipos de fuentes: estudios históricos y memorias. Las segundas son una de mis secretas pasiones. Tienen la ventaja de que no ha pasado por ellas la mano con perspectiva del historiador. Cuentan hechos parciales y subjetivos (¡Qué poco científico!) de personas que los vivieron. Cuando te aficionas a las memorias comprendes qué diferente es la Historia cuando la narran quienes formaron parte de ella a cuando lo hacen los que la interpretan años después. Ni mejor ni peor, solo distinta. Donde los historiadores ven una consecución de acontecimientos lógicos, los testigos se encuentran sumergidos en algo que no comprenden pero que son capaces de contar con una viveza sorprendente.

Como decía, para documentar mi novela tiré de las memorias de algunos personajes que fueron testigos directos de los acontecimientos que quería contar. Jeanne Campan, Lucy Dillon, Charlotte Robespierre, Manon Roland, Victoire de Donnissan, François Claude Amour, Barras. Y en la mayoría de ellas encontré algo sorprendente: al igual que los perseguidos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, a finales del siglo XVIII pocos de estos memoristas, pocos de los suyos, huyeron cuando se acercaba el Terror, cuando llegaba la época de las carnicerías, de las purgas y de la venganza. ¿Por qué?

La clave la encontré entre líneas en cada texto, pero fue Lucy Dillon quien supo expresarlo con una frase sencilla: “Bailábamos al borde del precipicio”. O lo que es lo mismo, no eran conscientes del alcance del peligro, y cuando llegaron a serlo, estuvieron seguros, cada día, de que aquel era el peor de los días y de que al siguiente todo empezaría a solucionarse.

Es sorprendente el ser humano. Es sorprendente y extraña la especie humana. ¿Y por qué te cuento esto? Porque dentro de un año se contarán diez de esta crisis que tantas desgracias nos ha traído, la fuente de inspiración final de esta novela, y podría asegurar que durante ella cada uno de tus días ha sido el peor de todos, pero mañana, aquel mañana, empezaría a solucionarse. 
 
Por eso aguantamos. 
 
Por eso nos quedamos. 
 

Por eso permanecemos.

La Revolución Francesa nos trajo grandes cosas, pero un análisis tosco y global diría que al fin y al cabo sirvió para que unos ocuparan el lugar de otros, y los de siempre, nosotros, nos manutuviéramos en el mismo sitio. Que todo cambien para que nada cambie. De siervos nos convertimos en proletarios, y de ahí en trabajadores cualificados, (que es otra forma de definir la servidumbre) consiguiendo que no nos enfademos por la bochornosa pérdida de derechos a que hemos sido sometidos en una década.

Hace poco leía a Eric Hobsbawm y su fabulosa La Era de la Revolución 1789-1848, donde explica que en todas las grandes revoluciones del siglo XIX se sigue el mismo esquema, para conseguir los mismos resultados. Sospecho que si el historiador británico de origen judío hubiera analizado todas las revoluciones hasta el día de hoy hubiera llegado a las mismas conclusiones. Quizá va siendo hora de que hagamos algo diferente.


No hace mucho se celebraba el programa 500 de “Cuarto milenio”. Doce años en antena. Todo un récord en nuestros tiempos donde nos aburrimos pronto y nos cansamos antes. Y es que, insisto, somos una especie extraña. Marcianos. Tanto que podíamos haber emigrado hasta aquí desde cualquier recóndito lugar del universo, y por eso IkerJiménez puede estar seguro de que nos deleitará la noche de los domingos con otros 500…

¡RÍNDETE!, POR J. DE LA ROSA

 

Se rinden los que lo han perdido todo, los cobardes, los que van a ser conquistados, los que no tienen fuerzas, los que están en minoría, los sitiados, los vencidos. Al menos eso nos han dicho. Sin embargo, tengo un gran consejo para ti: ¡Ríndete! Y te voy a contar por qué.

Desde que tengo uso de razón todo me ha gritado que no debo rendirme jamás: los anuncios en la tele, los estrenos en el cine, las novelas de género, los profesores en la escuela, los gurús de la comunicación, las personas razonables, aquellos a quienes admiro. A mí, a ti, nos ha perseguido una idea difusa de que debemos luchar, continuar adelante, hasta el último aliento, pero no rendirnos nunca. Rendirse se entiende como el asesinato de «seguir tus sueños»… ¿Y quién puede dejar de hacerlo? ¿Quién puede dejar de soñar? Sin embargo, una mirada detenida a esta compleja palabra con 13 acepciones en nuestra lengua, puede encerrar otros matices, otros significados en los que quizá no hayas reparado.

Utilizamos gran parte de nuestra energía en avanzar por el camino que nos hemos marcado (o que nos han marcado). Unas veces no es más que la espiral determinada por nuestro nacimiento: crecemos, estudiamos, compramos un coche, encontramos pareja, un trabajo, buscamos una casa, vivimos juntos, los hijos, un coche más grande, una casa más grande. Otras es el resultado de la persecución de nuestros deseos: una idea que martillea en nuestra cabeza, un objetivo claro, una lucha incesante por alcanzarlo.

Pero quizás al seguir esos caminos firmemente trazados, sumidos en nuestras obligaciones vitales, desdeñamos los cambios sutiles a nuestro alrededor, y dentro de nosotros también. Dejamos de ver, de oír, se sentir aquello que la vida nos tiene dispuesto. Dejamos de captar las señales, de apreciar las casualidades, de intuir los cambios. Nos resistimos. Luchamos para que no nos venzan, para seguir con nuestra vida tal y como está determinada, inamovible, aparentemente controlada por nosotros mismos. La vida correcta, aunque no sea la vida que nos hace felices y libres. No nos dejamos rendir.

Soy un tipo luchador, quizá en los grandes acontecimientos, como la enfermedad, el Medio Ambiente o la defensa de los derechos, no haya que dejarse rendir. Pero en el resto…

Me atrevería a decir que algunas de las cosas más importantes de tu vida, las que son realmente fundamentales, no han sido planificadas por ti.

  • Quizás encontraste a la persona que amas por casualidad, un día que decidiste girar a la derecha en vez de a la izquierda.
  • Es posible que tus mejores amigos llegaran a ti por una casualidad de tus padres al elegir la escuela o de tus profesores al repartir las clases. O porque esa noche te quedaste unos minutos más.
  • Tampoco elegiste a una parte de tu familia. Ni a tus padres ni a tus hijos si los tienes. Eres, son el resultado de una casualidad «cósmica».
  • Y me apostaría a que el día más feliz de tu vida no lo planificaste. No aquel que nos dicen «ese es el día más feliz de tu vida», no. Sino el de verdad. Aquel en que ocurrió algo sin importancia, intrascendente, pero que aún recuerdas con tu mejor sonrisa en los labios.

 

Así es. A veces, nuestra obsesión por avanzar, por luchar por un futuro que es solo el espejismo de lo cierto, nos impide detenernos un instante en el presente, mirar alrededor, dejarnos vencer y esperar a ver qué nos propone la vida. Sin planes. 

Porque vamos demasiado deprisa. Automatizados. Estamos demasiado determinados a alcanzar nuestros objetivos.

!Detente y ríndete! Deja que las cosas sucedan. No opongas resistencia. Vuelve a dar una oportunidad a la casualidad.

  • Gira a la izquierda en vez de a la derecha (y esto no es un consejo político).
  • Si siempre te equivocas de puerta… ¿no estaría bien entrar a ver qué pasa?
  • Déjate guiar por lo que intuyes y no por lo que piensas.
  • Concédete unos minutos de silencio, de inactividad, de paz.
  • Suaviza tus sueños si suponen un lastre demasiado pesado.
  • Vive el presente. El pasado ya no existe y del futuro solo tenemos la certeza de que no será como lo imaginamos.
  • Quédate unos minutos más, aunque mañana debas madrugar.
  • Da una oportunidad a los desconocidos, aunque tengas tantas cosas que hacer.
  • Abandona tus prejuicios, porque solo consiguen apartarte del lado brillante de la vida.

¡Ríndete! Quizá el cambio que esperas no es algo que tú debas hacer, planificar…. sino solo algo que debas aceptar.

PD: Y mi amiga Margarita Arjona se fue a Soria.

POR QUÉ HE AUTOPUBLICADO “BAJO EL PUENTE DE LOS VIENTOS”, POR J. DE LA ROSA.


Bajo el Puente de los Vientos
podría haber salido a finales de este año con Titania o el próximo año con Harper Collins. Con ambas editoriales, a las que admiro por su buen hacer, podría haber tenido una excelente cobertura: buena distribución, mesa de novedades, prensa, eventos, seguimiento.

Decidí no aceptar ninguna de estas dos buenas ofertas porque es la única manera de sentirme moralmente libre para hacer o no hacer nada.

Explicaba hace unas semanas por qué dejé de escribir en 2016 y también por qué a partir de ahora es lo único que pretendo hacer. Decía que ignoraba si saliendo del circuito habitual seguiría teniendo el apoyo, no tanto de mis lectores habituales como de otros nuevos. Y mi conclusión es que este riesgo debo asumirlo en solitario.

También lo hago porque soy y seré un defensor de este sistema, que permite al escritor ser dueño de cada uno de los procesos que llevan una novela a tus manos. Creo firmemente que un autor debe transitar hoy en día por ambos caminos; publicar y autipublicar. Eso es todo. No hay más. Así de fácil.

El resultado de esta reflexión es la autopublicación de Bajo el Puente de los Vientos, que se desarrolla durante la Revolución Francesa, un hecho histórico que me ha fascinado desde que recuerdo.
Siempre me ha parecido digna de atención la capacidad de una sociedad para cambiar el orden establecido en busca de la justicia social, a pesar del precio a pagar. También me seduce la fragilidad de un concepto fantasma que aún hoy veneramos, como es la seguridad, cuando la realidad nos dice que es posible perderlo todo con un golpe de viento. Pero sobre todo me atrae de este acontecimiento histórico la posibilidad de convertirse en unidad de medida del alma humana: Ante situaciones extremas se descubre la verdadera naturaleza de personas y pueblos. Salen a la luz los egoísmos, las mezquindades, pero también el heroísmo y la nobleza, el desinterés de entregarnos por los que amamos y por lo que creemos justo. Eso es lo que he querido contar en Bajo el Puente de los Vientos
Mi principal fuente de inspiración han sido las Memorias de aquellos que vivieron estos años de cambio y revolución. Madame Campan ha marcado el tono, y Lucy Dillon el cuerpo de la historia. Alguna de las anécdotas que vas a leer las cuentan estas dos mujeres en sus manuscritos biográficos, pues fueron testigos de los acontecimientos que sufrieron en sus propias carnes. ¿Cuáles? Las más increíbles. Las que parecen haber brotado de la pluma imaginativa del autor, mostrando una vez más que la realidad siempre supera a la ficción.
Por último, he querido escribir esta novela precisamente ahora (aunque su germen lleva en mi cabeza algunos años), porque los tiempos en que vivió Isabel de Velasco (la protagonista española atrapada en Francia durante la Revolución) y los que vivimos nosotros mismos parecen asemejarse: el descontento de la población, la incapacidad de los mandatarios por solucionarlo, y la existencia de un grupo social, emergente e ilustrado, que quiere cambiar el orden de las cosas.
Espero, ansío que esta historia te guste tanto como a mí escribirla.

POR QUÉ DEJÉ DE ESCRIBIR, POR J. DE LA ROSA

Me llamo J. de la Rosa y soy escritor. En septiembre de 2016 dejé de escribir, de actualizar mis Redes Sociales, mi blog, de contestar e-mails y de acudir a eventos. Quiero contarte por qué y por eso me desnudo ante mis lectores.



Cuando tenía 11 años me enamoré de mi compañera de pupitre. Introvertido y circunspecto no sabía cómo actuar, así que me declaré con un poema. El resultado fue un calamitoso desastre. El poema era un ripio espantoso con rima consonante terminada en –ado que la dejó con la impresión de que aquel vecino de banca estaba como una cabra. Muchos años después quiero ser iluso y pensar que aquella experiencia humillante me enseñó tres cosas:
  1. Que para ligar es mejor dejarse de tonterías.
  2. Que a pesar de no haber conseguido lo que quería y de haberme convertido en el hazmerreír de mi clase había hecho exactamente lo que pensaba, sin importarme las consecuencias, y eso me gustaba.
  3. Que la escritura sería de ahí en adelante mi manera de enfrentarme al mundo, para bien o para mal.
En septiembre del año pasado, coincidiendo con el lanzamiento de mi última novela (Todas lasestrellas son para ti), decidí que había llegado el momento de dejar de escribir.

Públicamente lo disfracé bajo el epítome “Me he tomado un año sabático”. Había demasiadas cosas que explicar, tantas que incluso yo no entendía y tampoco sabía cómo hacerlo. Pero lo que de verdad sucedía era que había tomado la decisión firme de que mi carrera como escritor había llegado a su fin.

Me he dado cuenta de que hasta el día de hoy no he tenido claro qué es ser escritor ya que puede significar muchas cosas. De alguna manera me había convencido a mí mismo de que esta profesión necesita una serie de acciones imprescindibles. Acciones paralelas a la mera palabra que ocupan una parte importante del desempeño profesional. He puesto el corazón en cada una de ellas, a pesar de mirarlas con una ceja levantada:
  • Por ejemplo, es de gran valor tener una visión práctica de las Redes Sociales, localizando a los prescriptores, interactuando estratégicamente, movilizando a los lectores.
  • Hay que evitar ser perezoso nadando en una sola Red. Utiliza Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Pinterest. Allí están nuestros lectores y allí debemos estar nosotros.
  • Hay que ser precisos e interactuar. No dejar jamás comentarios sin valorar, emails sin responder ni likes sin pulsar. En todas tus Redes Sociales. Cuidadosamente. Todos los días.
  • Es conveniente generar contenidos de valor, o ser gracioso, o ser intrépido, porque aportar conocimiento a los demás y provocar favorece tu lectura. A eso ayuda el saber poner nombres llamativos a tus post, vincular a los superfans, llamar a la acción.
  • Importa la visibilidad física, por lo que no hay que desestimar las invitaciones a eventos, a encuentros, a presentaciones, a firmas, aunque no tengas algo realmente importante que decir.
  • Es adecuado tener un conocimiento detallado de tu público objetivo, aquel al que te diriges y para el que escribes: su edad, su ubicación, su nivel económico y cultural, conocer qué le gusta hacer, cuáles son sus aficiones, etc.
  • Es aconsejable mantener un blog temático donde tratar todos aquellos temas que te aporten solidez como escritor.
  • Favorece hacer NetWorking con grupos organizados, con otros autores, con la gente del sector, cuanto más mejor, ya que estar bien conectado puede ser sinónimo de encontrar más lectores y editores que disfruten de tu obra.
  • Es muy recomendable hacer Guest-posting actuando como invitado en blogs de tu cuerda. Amplía de forma exponencial el público al que te diriges. Consigues que más gente te conozca, que más lectores en potencia te descubran.
  • Siempre respetando la normativa en curso favorece enormemente hacer e-mail marketing. El email de un lector es un tesoro porque así puedes mantenerlo al tanto de tus novedades, de tus lanzamientos, de por dónde respiras.
  • Este esfuerzo hay que maximizarlo, así que importa dominar el posicionamiento SEO. Saber quiénes entran en tus redes, en tu blog, de dónde son, qué leen, a qué se dedican, en qué subgrupos, nichos, podemos clasificarlos.
  • Es recomendable generar una marca personal. Que nadie dude de quién eres, qué haces, cuál es tu obra. ¿Es que acaso los grandes escritores no la han confeccionado de manera consciente o inconsciente?
  • Y hay que escribir
Como la mayoría escribo robando: Robo tiempo a mi familia, tiempo a mi trabajo, tiempo a mis amigos, a mis vacaciones, a mi descanso, a mis comidas. Busco huecos imposibles donde poder seguir con mi deseo de ser escritor, que lo devora todo.


En septiembre de 2016 descubrí que, aparte de las relaciones personales con lectores a los que quiero de verdad, lo único que me hacía feliz de la lista anterior era el último punto, y sin embargo dedicaba mi escaso tiempo robado a todo lo demás. 



Llevo meses meditándolo, y he llegado a las siguientes conclusiones:
  • Quiero que las Redes Sociales sean el lugar de encuentro natural con mis buenos lectores y con amigos. Sin obligaciones, sin horarios, nada práctico. Nada más.
  • Jamás he conseguido saber cómo funciona Twitter, ni me parece que mi vida tenga nada interesante que compartir por Instagran o Pinterest, a menos que subir la tostada diaria con aceite y jamón le interese a alguien. Y odio grabarme en video. Con Facebook me sobra y me basta. Me gusta esa Red aunque sea anticuada, lo reconozco. Me gusta hablar y saludar, saber de la gente que quiero y aprecio con el paso de los años.
  • Si no sé dónde dejo las llaves y he de hacerle una foto al coche cuando lo dejo en el aparcamiento para encontrarlo a la vuelta… ¿Cómo voy a poder llevar un cuidadoso seguimiento de quién interactúa conmigo? No quiero ser políticamente correcto, tampoco adoptar la pose de incorrecto. Soy un desastre y es posible que haya que aceptarme así.
  • Quiero hablar en mi blog de cosas banales: de mi marca de clínex favorita, de si he batido mi récord corriendo, de las papas con carne que me he comido… sí, también de mis libros, del universo…. Pero sin dejar de hablar de clínex y papas con carne. Ansío artículos con títulos tan llamativos como “Mis papas con carne”. Ese es el valor que puedo aportar.
  • He conocido a muchas de las personas que más quiero y admiro gracias a los libros. De eso no me arrepiento en absoluto, solo puedo dar las gracias. Sin embargo soy tímido y hogareño. Sueño con el fin de semana en chanclas donde quedarme en casa, ver series y leer. No me gusta exponerme al público. No quiero ir a eventos, ni a firmas ni a presentaciones. Tengo pocas cosas interesantes que contar que no estén escritas en mis novelas. Soy ermitaño y quiero seguir siéndolo.
  • Lo que de verdad me importa es que mis lectores me han regalado la oportunidad de leerme. De donde sean, como sean, lo que les guste… me da igual. Al día de hoy me considero tan afortunado de haber podido encontrar grandes amigos entre personas que hemos contactado a través de la pasión por los libros que… ¿qué más puedo pedir? Hombre, mujer, estudiante, jubilado, gay, hetero, del norte, del sur, médico, obrero, independentista, nacional, pensionista, folklórico, postmoderna, de Bogotá o Bilbao… ¿qué importa?
  • Nunca he sido hombre de marcas, de hecho compro marcas blancas y si algo me gusta y tiene una gran pegatina la descoso con cuidado. Mi marca personal también la descosí hace tiempo.
  • Y hay que escribir.
Te estarás preguntando quién me había obligado a hacer todas esas cosas de las que ahora reniego. La respuesta te va a sorprender. NADIE. Miento, quizá mi vanidad. Cuanto más aprendía, cuanto más estudiaba, cuanto más me creía un escritor, más seguro estaba de que ese era el camino. Manuales, blogs, conversaciones con colegas. Mi ignorancia. De pronto descubrí que había dejado de ser aquello por lo que había luchado toda mi vida, aquello que aprendí tras soportar las burlas por un poema ripioso leído en voz baja a una enamorada: un escritor.

Había dejado de serlo para convertirme en algo que no identificaba, y que un amigo se atrevió a definir como e-Scritor

En septiembre de 2016 decidí que no quería hacer nada de esa larga lista que no fuera el último punto. Me hacía infeliz. Me daba igual pasar de vender unos pocos y honrosos miles de libros a unas escasas docenas, me daba igual estar en las mesas de novedades que en las estantería más recóndita. SOLO quería escribir.
¿Y el precio a pagar? Lo ignoro. No me importa el precio a pagar… mejor dicho, estoy dispuesto a afrontarlo. Eso te lo contaré dentro de una semana y espero que te gusteHay que ser consecuente con lo que uno quiere. Quiero ser un ermitaño literario. Mi blog es mi casa y aquí (y en Facebook) me encontrarás. Un beso enorme.