YO, EL SUPLANTADOR, POR J. DE LA ROSA

Fue hace algunos años. Yo iba en el autobús y una señora se sentó a mi lado a la vez que me daba un fuerte abrazo. Todo sucedió tan de repente que no me di cuenta.
—¡Pepe, qué alegría!
La miré apretando un ojo. A primera vista no me sonaba de nada, pero parecía que ella me conocía bien. ¿Una lectora, quizá? Iba a preguntarle si era posible que se hubiera confundido cuando habló de nuevo mientras me palmeaba el muslo.
—Ya sé que tu hermano se ha casado. ¡Qué alegría! Ya era hora.
Mi hermano, en efecto, se había casado hacía unas semanas lo que me llevó a la conclusión de que aquella señora tan amable era en verdad alguien a quien yo debía conocer pero que las nieblas de la memoria me habían despistado. La miré más fijamente, intentando que algún rasgo de su cara activara los remotos mecanismos del recuerdo. Nada.
—Y vaya el resfriado que tiene tu madre. Hablé ayer con ella y ni se le escuchaba la voz. ¡Pero qué alegría me da oírla!
Era evidente que yo era una mala persona porque mi madre, en efecto, tenía un trancazo de aúpa y la tan alegre señora debía de ser alguien muy íntimo que en cualquier momento podía darse cuenta de que el ingrato individuo que se sentaba a su lado la había olvidado. Las palmas de las manos me empezaron a sudar y sentí cierto ahogo. ¿Y si se daba cuenta de que yo no tenía la más remota idea de quién era? Intenté indagar a ver si así…
—¿Y vosotros qué tal?
—¿Nosotros? ¿A quién te refieres?
Entré en pánico.


—A…a… ¿Todo bien en casa?—contesté titubeante.
Me miró con cierta suspicacia. Yo comprendí que empezaba a sospechar que yo no tenía ni zorra idea de quién era.
—Ya sabes —dijo al fin—. José Antonio con sus cosas y la niña dando guerra. Pero no podemos quejarnos. ¡Qué alegría verte!
Repasé mentalmente todos los José Antonio que conocía. Nada. Ninguno me recordaba a aquella señora tan alegre. ¿Y quién sería «la niña»? A mi hermana en casa la llamábamos así, pero tampoco había en mi cabeza nada que la relacionara con ella.
—¿Tú sigues trabajando en el taller mecánico? —me preguntó—. Tu padre hablo ayer con José Antonio y le dijo que…
Dejé de oírla porque en ese preciso momento comprendí que la señora me había confundido con otro. ¿Qué hace cualquiera ante este descubrimiento? Pues se pone colorado como un tomate e intenta que la señora no se dé cuenta de que se había equivocado. En otras palabras: suplanta la identidad de un tipo que no conoce.
—El trabajo —dije mientras mi cabeza intentaba encontrar palabras ambiguas que no me ubicaran en ningún contexto concreto—. Sí. Seguimos igual.
Ella parecía satisfecha con mi respuesta, pero quería saber más.
—Háblame de Carmen —me dio otro porrazo en el muslo—. ¿O te creías que no te iba a preguntar por ella? ¡Qué alegría!
¿Quién coño era Carmen? ¿Qué le contaba sin descubrir que yo no era quien aparentaba ser? Que era un suplantador. Entré en estado de shock. Sentía que las paredes del autobús se acercaban unas a otras para aplastarme. La glotis empezaba a cerrarse y un sudor helado me recorría la piel. Me puse de pie como si me hubiera sentado sobre una chincheta.
—Me tengo que bajar aquí —dije mirando desesperado hacia la puerta.
—Pero si el taller está dos paradas más allá —contestó sorprendida.
En ese momento el autobús se detuvo. Quien fuera había escuchado mis oraciones. 
—He quedado con Carmen —dije a la desesperada mientras esperaba que la puerta se abriera para poder escapar.
—¿Has quedado con Carmen? —dijo sorprendida—. ¿Con la perra que ha adoptado tu madre? No lo entiendo.
Al fin la doble puerta se abrió. Una bocanada de aire fresco lo inundó todo. Sentí que podía salvarme. Que aquello no era el final. Que…
—Me ha dado mucha alegría verla —dije con prisas mientras huía.
—Y a mí, hijo —oí a mis espaldas—, pero qué raro has sido siempre, miarma.
Cuando llegó el siguiente autobús y pude subirme, una vecina se sentó a mi lado, y tuve la urgente necesitada de darle un abrazo.

SOY UN PATRIOTA, POR J. DE LA ROSA

Las palabras son más que un continente lleno de significado. Tienen la capacidad esotérica, si encontramos la adecuada, de abrir la cueva de Aladino; de convertirnos en rana si forman el conjuro correcto; de provocar una declaración de guerra si es dicha por un poderoso; o de transformarnos en hombres y mujeres santos de manos de un gurú místico.

No hace mucho terminé la lectura de «Patria», de Fernando Aramburu, una de esas grandes novelas que exponen loirracionales y trágicos que llegamos a ser. Durante un par de años he desarrollado un extenso trabajo de investigación para documentar «Bajo el Puente de los Vientos», que se desarrolla en una época, finales del XVIII, donde se acuñan los significados que aún hoy envuelven la palabra «Patria».

Tanta patria en los últimos meses, por no hablar de las noticias, me quema un poco la piel. Tanto que este concepto ha provocado en mí, desde que recuerdo, un rictus extraño. Por un lado, tiene que ver con lo que conoces y amas, con lo que te han transmitido los tuyos a lo largo de la vida, con tu forma de hablar, de comportarte con los demás, con los que quieres y te quieren, con tus ancestros, con tus referentes, con tu cultura, con lo conocido. Por otro, está estrechamente vinculada con las fronteras, con las diferencias en su peor versión, con las malquerencias porque soy mejor que tú,con la violencia, con los dictadores, con los abusones, con los que prefieren la guerra a la paz.

Quizá por eso, la única patria que yo puedo defender no tiene fronteraspor una imposibilidad física. La componen todos los lugares donde he vivido o que han sido un referente para mí aun sin haberlos pisado. Los lugares que me han conformado tal y como soy, la buena o mala persona en la que me he convertido. Mi patria está compuesta por grandes metrópolis y hermosos pueblos y aldeas: Londres, Girona, Jaipur, Montpelier , Roma, Sevilla, Vigo, París, Caños de Meca, Tokio, Conil de la Frontera, Nueva York, Ciudad del Cabo, Melbourne, Écija, Buenos Aires, Burgos, Cuzco, El Cairo, Benarés, Cordoba, San Francisco, Madrid, Puerto de la Encina, Barcelona, y un largo etcétera.

Mi patria no es monocultural. Soy lo que soy porque me fascinan el flamenco, el jazz, la bossa nova, el pop británico de los 70, los mantras tibetanos. Amo el teatro de lo absurdo, la comedia del arte, el teatro negro y las tragedias de Sheakespeare. Practico yoga, hago running y me asombra un combate de sumo. Me emociona chillida, Francis Bacon, Andy Warhol y Ai WeiWei. Amo el cine de kurosawa, de Pilar Miró y de John Ford.

Esta patria mía tiene una historia extraordinaria. Por un lado mis ancestros crearon rutas comerciales que atravesaban toda Asia Oriental. Por otro, alzaron culturas alrededor del Caribe en época precolombina y del Mediterráneo unos milenios A.C. Crearon una floreciente sociedad al norte de África, trabajaron el hierro de forma magistral al norte de Europa, tintaron la seda como nadie al este de Asia, aprendieron a convivir con la naturaleza en el corazón de Australia, y desarrollaron una astrología exquisita al sur de América Mis antepasados inventaron la imprenta, descubrieron las vacunas, refinaron la espiritualidad. Estos locos antepasados míos hicieron revoluciones en Europa y vencieron el Apartheid en África. Esta es mi patria, llena de historia. Aciertos y equivocaciones. Esta es mi historia.

Todas las personas que se circunscriben a esta patria mía tienen una lengua común: la de entendernos. La de salvar las diferencias lingüísticas para poder comunicarnos unos con otros. Lo hacemos en idiomas tan nuevos o tan antiguos que siempre son sorprendentes y dignos de admirar y de preservar. Todos hermosos, todos necesarios de aprender y de respetar.

Mi patria no es bidimensional, porque dentro de estos territorios que he descrito no me siento identificado con todos los que habitan en ellos. No soy hermano de los violentos, de los radicales, de los intolerantes, de los manipuladores. Esos no pertenecen a mi misma patria aunque hayan nacido y vivan en la puerta de al lado. Mi patria está compuesta por personas que creen en la justicia, en la igualdad, y en que este puede ser un mundo mejor, más unido, y sin fronteras. Un lugar donde intentamos entender y querer al prójimo sin juzgarlo por donde ha nacido, por su sexualidad, su religión, su nivel económico o el color de su piel.

Esta patria tan diversa se basa en personas que respetan a las personas. Que no quieren imponer sus ideas. Que no pretenden manipular a las masas. Que aciertan y se equivocan. Que son tan conscientes de quiénes son y de dónde vienen que no necesitan reafirmarse.

Esta es mi patria. Es la única patria que acepto. Y me siento un gran patriota.

QUE TODO CAMBIE PARA QUE NADA CAMBIE, POR J. DE LA ROSA

Tenía 21 años cuando se estrenó La lista de Schindler. Me impactó. Como a muchos. Me preguntaba por qué no habían huido mientras pudieron. Me refiero a los judíos, los gitanos, los polacos, los homosexuales, los discapacitados… todos aquellos que estaban fuera del ideario nazi y que terminaron en los campos de exterminio. Entre 15 y 20 millones de víctimas según el Holocausto Memorial Museum de Washington. ¿Por qué no escaparon cuando se avecinaba el peligro, por qué no se marcharon antes de que llegaran, de que asaltaran sus casas, destruyeran sus negocios, o los redujeran en los guetos? He tardado otros 25 años en comprenderlo

Para documentar Bajo el Puente de los Vientos he usado dos tipos de fuentes: estudios históricos y memorias. Las segundas son una de mis secretas pasiones. Tienen la ventaja de que no ha pasado por ellas la mano con perspectiva del historiador. Cuentan hechos parciales y subjetivos (¡Qué poco científico!) de personas que los vivieron. Cuando te aficionas a las memorias comprendes qué diferente es la Historia cuando la narran quienes formaron parte de ella a cuando lo hacen los que la interpretan años después. Ni mejor ni peor, solo distinta. Donde los historiadores ven una consecución de acontecimientos lógicos, los testigos se encuentran sumergidos en algo que no comprenden pero que son capaces de contar con una viveza sorprendente.

Como decía, para documentar mi novela tiré de las memorias de algunos personajes que fueron testigos directos de los acontecimientos que quería contar. Jeanne Campan, Lucy Dillon, Charlotte Robespierre, Manon Roland, Victoire de Donnissan, François Claude Amour, Barras. Y en la mayoría de ellas encontré algo sorprendente: al igual que los perseguidos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, a finales del siglo XVIII pocos de estos memoristas, pocos de los suyos, huyeron cuando se acercaba el Terror, cuando llegaba la época de las carnicerías, de las purgas y de la venganza. ¿Por qué?

La clave la encontré entre líneas en cada texto, pero fue Lucy Dillon quien supo expresarlo con una frase sencilla: “Bailábamos al borde del precipicio”. O lo que es lo mismo, no eran conscientes del alcance del peligro, y cuando llegaron a serlo, estuvieron seguros, cada día, de que aquel era el peor de los días y de que al siguiente todo empezaría a solucionarse.

Es sorprendente el ser humano. Es sorprendente y extraña la especie humana. ¿Y por qué te cuento esto? Porque dentro de un año se contarán diez de esta crisis que tantas desgracias nos ha traído, la fuente de inspiración final de esta novela, y podría asegurar que durante ella cada uno de tus días ha sido el peor de todos, pero mañana, aquel mañana, empezaría a solucionarse. 
 
Por eso aguantamos. 
 
Por eso nos quedamos. 
 

Por eso permanecemos.

La Revolución Francesa nos trajo grandes cosas, pero un análisis tosco y global diría que al fin y al cabo sirvió para que unos ocuparan el lugar de otros, y los de siempre, nosotros, nos manutuviéramos en el mismo sitio. Que todo cambien para que nada cambie. De siervos nos convertimos en proletarios, y de ahí en trabajadores cualificados, (que es otra forma de definir la servidumbre) consiguiendo que no nos enfademos por la bochornosa pérdida de derechos a que hemos sido sometidos en una década.

Hace poco leía a Eric Hobsbawm y su fabulosa La Era de la Revolución 1789-1848, donde explica que en todas las grandes revoluciones del siglo XIX se sigue el mismo esquema, para conseguir los mismos resultados. Sospecho que si el historiador británico de origen judío hubiera analizado todas las revoluciones hasta el día de hoy hubiera llegado a las mismas conclusiones. Quizá va siendo hora de que hagamos algo diferente.


No hace mucho se celebraba el programa 500 de “Cuarto milenio”. Doce años en antena. Todo un récord en nuestros tiempos donde nos aburrimos pronto y nos cansamos antes. Y es que, insisto, somos una especie extraña. Marcianos. Tanto que podíamos haber emigrado hasta aquí desde cualquier recóndito lugar del universo, y por eso IkerJiménez puede estar seguro de que nos deleitará la noche de los domingos con otros 500…

¡RÍNDETE!, POR J. DE LA ROSA

 

Se rinden los que lo han perdido todo, los cobardes, los que van a ser conquistados, los que no tienen fuerzas, los que están en minoría, los sitiados, los vencidos. Al menos eso nos han dicho. Sin embargo, tengo un gran consejo para ti: ¡Ríndete! Y te voy a contar por qué.

Desde que tengo uso de razón todo me ha gritado que no debo rendirme jamás: los anuncios en la tele, los estrenos en el cine, las novelas de género, los profesores en la escuela, los gurús de la comunicación, las personas razonables, aquellos a quienes admiro. A mí, a ti, nos ha perseguido una idea difusa de que debemos luchar, continuar adelante, hasta el último aliento, pero no rendirnos nunca. Rendirse se entiende como el asesinato de «seguir tus sueños»… ¿Y quién puede dejar de hacerlo? ¿Quién puede dejar de soñar? Sin embargo, una mirada detenida a esta compleja palabra con 13 acepciones en nuestra lengua, puede encerrar otros matices, otros significados en los que quizá no hayas reparado.

Utilizamos gran parte de nuestra energía en avanzar por el camino que nos hemos marcado (o que nos han marcado). Unas veces no es más que la espiral determinada por nuestro nacimiento: crecemos, estudiamos, compramos un coche, encontramos pareja, un trabajo, buscamos una casa, vivimos juntos, los hijos, un coche más grande, una casa más grande. Otras es el resultado de la persecución de nuestros deseos: una idea que martillea en nuestra cabeza, un objetivo claro, una lucha incesante por alcanzarlo.

Pero quizás al seguir esos caminos firmemente trazados, sumidos en nuestras obligaciones vitales, desdeñamos los cambios sutiles a nuestro alrededor, y dentro de nosotros también. Dejamos de ver, de oír, se sentir aquello que la vida nos tiene dispuesto. Dejamos de captar las señales, de apreciar las casualidades, de intuir los cambios. Nos resistimos. Luchamos para que no nos venzan, para seguir con nuestra vida tal y como está determinada, inamovible, aparentemente controlada por nosotros mismos. La vida correcta, aunque no sea la vida que nos hace felices y libres. No nos dejamos rendir.

Soy un tipo luchador, quizá en los grandes acontecimientos, como la enfermedad, el Medio Ambiente o la defensa de los derechos, no haya que dejarse rendir. Pero en el resto…

Me atrevería a decir que algunas de las cosas más importantes de tu vida, las que son realmente fundamentales, no han sido planificadas por ti.

  • Quizás encontraste a la persona que amas por casualidad, un día que decidiste girar a la derecha en vez de a la izquierda.
  • Es posible que tus mejores amigos llegaran a ti por una casualidad de tus padres al elegir la escuela o de tus profesores al repartir las clases. O porque esa noche te quedaste unos minutos más.
  • Tampoco elegiste a una parte de tu familia. Ni a tus padres ni a tus hijos si los tienes. Eres, son el resultado de una casualidad «cósmica».
  • Y me apostaría a que el día más feliz de tu vida no lo planificaste. No aquel que nos dicen «ese es el día más feliz de tu vida», no. Sino el de verdad. Aquel en que ocurrió algo sin importancia, intrascendente, pero que aún recuerdas con tu mejor sonrisa en los labios.

 

Así es. A veces, nuestra obsesión por avanzar, por luchar por un futuro que es solo el espejismo de lo cierto, nos impide detenernos un instante en el presente, mirar alrededor, dejarnos vencer y esperar a ver qué nos propone la vida. Sin planes. 

Porque vamos demasiado deprisa. Automatizados. Estamos demasiado determinados a alcanzar nuestros objetivos.

!Detente y ríndete! Deja que las cosas sucedan. No opongas resistencia. Vuelve a dar una oportunidad a la casualidad.

  • Gira a la izquierda en vez de a la derecha (y esto no es un consejo político).
  • Si siempre te equivocas de puerta… ¿no estaría bien entrar a ver qué pasa?
  • Déjate guiar por lo que intuyes y no por lo que piensas.
  • Concédete unos minutos de silencio, de inactividad, de paz.
  • Suaviza tus sueños si suponen un lastre demasiado pesado.
  • Vive el presente. El pasado ya no existe y del futuro solo tenemos la certeza de que no será como lo imaginamos.
  • Quédate unos minutos más, aunque mañana debas madrugar.
  • Da una oportunidad a los desconocidos, aunque tengas tantas cosas que hacer.
  • Abandona tus prejuicios, porque solo consiguen apartarte del lado brillante de la vida.

¡Ríndete! Quizá el cambio que esperas no es algo que tú debas hacer, planificar…. sino solo algo que debas aceptar.

PD: Y mi amiga Margarita Arjona se fue a Soria.

POR QUÉ HE AUTOPUBLICADO “BAJO EL PUENTE DE LOS VIENTOS”, POR J. DE LA ROSA.


Bajo el Puente de los Vientos
podría haber salido a finales de este año con Titania o el próximo año con Harper Collins. Con ambas editoriales, a las que admiro por su buen hacer, podría haber tenido una excelente cobertura: buena distribución, mesa de novedades, prensa, eventos, seguimiento.

Decidí no aceptar ninguna de estas dos buenas ofertas porque es la única manera de sentirme moralmente libre para hacer o no hacer nada.

Explicaba hace unas semanas por qué dejé de escribir en 2016 y también por qué a partir de ahora es lo único que pretendo hacer. Decía que ignoraba si saliendo del circuito habitual seguiría teniendo el apoyo, no tanto de mis lectores habituales como de otros nuevos. Y mi conclusión es que este riesgo debo asumirlo en solitario.

También lo hago porque soy y seré un defensor de este sistema, que permite al escritor ser dueño de cada uno de los procesos que llevan una novela a tus manos. Creo firmemente que un autor debe transitar hoy en día por ambos caminos; publicar y autipublicar. Eso es todo. No hay más. Así de fácil.

El resultado de esta reflexión es la autopublicación de Bajo el Puente de los Vientos, que se desarrolla durante la Revolución Francesa, un hecho histórico que me ha fascinado desde que recuerdo.
Siempre me ha parecido digna de atención la capacidad de una sociedad para cambiar el orden establecido en busca de la justicia social, a pesar del precio a pagar. También me seduce la fragilidad de un concepto fantasma que aún hoy veneramos, como es la seguridad, cuando la realidad nos dice que es posible perderlo todo con un golpe de viento. Pero sobre todo me atrae de este acontecimiento histórico la posibilidad de convertirse en unidad de medida del alma humana: Ante situaciones extremas se descubre la verdadera naturaleza de personas y pueblos. Salen a la luz los egoísmos, las mezquindades, pero también el heroísmo y la nobleza, el desinterés de entregarnos por los que amamos y por lo que creemos justo. Eso es lo que he querido contar en Bajo el Puente de los Vientos
Mi principal fuente de inspiración han sido las Memorias de aquellos que vivieron estos años de cambio y revolución. Madame Campan ha marcado el tono, y Lucy Dillon el cuerpo de la historia. Alguna de las anécdotas que vas a leer las cuentan estas dos mujeres en sus manuscritos biográficos, pues fueron testigos de los acontecimientos que sufrieron en sus propias carnes. ¿Cuáles? Las más increíbles. Las que parecen haber brotado de la pluma imaginativa del autor, mostrando una vez más que la realidad siempre supera a la ficción.
Por último, he querido escribir esta novela precisamente ahora (aunque su germen lleva en mi cabeza algunos años), porque los tiempos en que vivió Isabel de Velasco (la protagonista española atrapada en Francia durante la Revolución) y los que vivimos nosotros mismos parecen asemejarse: el descontento de la población, la incapacidad de los mandatarios por solucionarlo, y la existencia de un grupo social, emergente e ilustrado, que quiere cambiar el orden de las cosas.
Espero, ansío que esta historia te guste tanto como a mí escribirla.

MIS PAPAS CON CARNE, POR J. DE LA ROSA

“No hay nada como las papas con carne” (León Tolstói)

 
Como ya habrás adivinado, el escritor ruso nunca habló de las papas con carne. A lo más que se acercó fue a un buen plato de Shchi, la versión eslava de nuestro guiso. Pero estoy convencido de que si alguna vez las hubiera probado, las habría incluido en alguna de sus novelas.
Laspapas con carne son el principio y el fin de muchas cosas, por ejemplo de un almuerzo. Pero también miden la calidad culinaria de un cocinero.
Hoy voy a compartir con vosotros mi receta, ancestralmente pasada de padres a hijos en mi familia desde el más remoto principio de los tiempos (esto, en general, es posible que tampoco sea rigurosamente cierto). Allá voy.

 

INGREDIENTES

  • 1/2 kilo de carne de ternera magra.
  • 1/2 kilo de patatas.
  • 2 tomates.
  • 1 cebolla mediana.
  • 1 hoja de laurel.
  • 3 dientes de ajo.
  • 2 zanahorias medianas.
  • 2 ñoras
  • 1/4 de alcauciles (alcachofas) pelados y en cuartos.
  • 100gr de habas verdes.
  • 1 copa de vino tinto.
  • 200ml de agua.
  • Aceite de oliva virgen extra.
  • Pimienta en grano.
  • Sal.

VAMOS AL LÍO.

 

En un olla sofreír con un buen aceite de oliva los ajos con una hoja de laurel, pimienta negra (esto lo aprendí en la India donde las especias se fríen al principio) y un par de ñoras a las que hemos hidratado durante dos horas sumergidas en agua. Yo no les saco la carne porque voy a molerlo todo, pero si es tu gusto puedes hacerlo. También puedes pulverizarlas y usarlas a modo de pimentón. ¿Ves qué de posibilidades?

 

 
 
Cuando esté empezando a dorar, añadir la cebolla.
 

Ponemos el pimiento.
 
 
Y el tomate recién triturado (nunca, jamás, never, de bote). Recuerda el viejo truco: estará frito cuando aparezca de nuevo el aceite.
 

Desgrasamos con un chorreón de vino tinto.
 


Cuando el sofrito esté en su punto lo molemos todo. Yo lo trituro hasta hacerlo casi una crema.
 
 
Se vierte de nuevo en la olla y se termina de hacer a fuego lento con un chorreón de aceite de oliva. Un buen amigo dice que esto no tiene base científica, pero en mi familia se ha hecho así durante generaciones (es posible que esté exagerando), así que algo milenario (aquí también es posible que me exceda) no soy yo quién para cambiarlo.
 
 
Añadimos la carne de ternera y dejamos cocinar a fuego lento. .
 

Echamos el agua.Cerramos la olla a presión (sí, habría que hacerlo en la cazuela de la abuela, pero yo no tengo más paciencia), y lo dejamos 20 minutos.
 

La abrimos y añadimos las verduras: patatas, zanahorias, alcachofas, habas verdes. Cerramos de nuevo la olla y dejamos hacer otros 7 minutos.
 
 

 

Servimos con mucho cuidado y ¡¡que aproveches!!

 

 

POR QUÉ DEJÉ DE ESCRIBIR, POR J. DE LA ROSA

Me llamo J. de la Rosa y soy escritor. En septiembre de 2016 dejé de escribir, de actualizar mis Redes Sociales, mi blog, de contestar e-mails y de acudir a eventos. Quiero contarte por qué y por eso me desnudo ante mis lectores.



Cuando tenía 11 años me enamoré de mi compañera de pupitre. Introvertido y circunspecto no sabía cómo actuar, así que me declaré con un poema. El resultado fue un calamitoso desastre. El poema era un ripio espantoso con rima consonante terminada en –ado que la dejó con la impresión de que aquel vecino de banca estaba como una cabra. Muchos años después quiero ser iluso y pensar que aquella experiencia humillante me enseñó tres cosas:
  1. Que para ligar es mejor dejarse de tonterías.
  2. Que a pesar de no haber conseguido lo que quería y de haberme convertido en el hazmerreír de mi clase había hecho exactamente lo que pensaba, sin importarme las consecuencias, y eso me gustaba.
  3. Que la escritura sería de ahí en adelante mi manera de enfrentarme al mundo, para bien o para mal.
En septiembre del año pasado, coincidiendo con el lanzamiento de mi última novela (Todas lasestrellas son para ti), decidí que había llegado el momento de dejar de escribir.

Públicamente lo disfracé bajo el epítome “Me he tomado un año sabático”. Había demasiadas cosas que explicar, tantas que incluso yo no entendía y tampoco sabía cómo hacerlo. Pero lo que de verdad sucedía era que había tomado la decisión firme de que mi carrera como escritor había llegado a su fin.

Me he dado cuenta de que hasta el día de hoy no he tenido claro qué es ser escritor ya que puede significar muchas cosas. De alguna manera me había convencido a mí mismo de que esta profesión necesita una serie de acciones imprescindibles. Acciones paralelas a la mera palabra que ocupan una parte importante del desempeño profesional. He puesto el corazón en cada una de ellas, a pesar de mirarlas con una ceja levantada:
  • Por ejemplo, es de gran valor tener una visión práctica de las Redes Sociales, localizando a los prescriptores, interactuando estratégicamente, movilizando a los lectores.
  • Hay que evitar ser perezoso nadando en una sola Red. Utiliza Facebook, Twitter, Instagram, YouTube, Pinterest. Allí están nuestros lectores y allí debemos estar nosotros.
  • Hay que ser precisos e interactuar. No dejar jamás comentarios sin valorar, emails sin responder ni likes sin pulsar. En todas tus Redes Sociales. Cuidadosamente. Todos los días.
  • Es conveniente generar contenidos de valor, o ser gracioso, o ser intrépido, porque aportar conocimiento a los demás y provocar favorece tu lectura. A eso ayuda el saber poner nombres llamativos a tus post, vincular a los superfans, llamar a la acción.
  • Importa la visibilidad física, por lo que no hay que desestimar las invitaciones a eventos, a encuentros, a presentaciones, a firmas, aunque no tengas algo realmente importante que decir.
  • Es adecuado tener un conocimiento detallado de tu público objetivo, aquel al que te diriges y para el que escribes: su edad, su ubicación, su nivel económico y cultural, conocer qué le gusta hacer, cuáles son sus aficiones, etc.
  • Es aconsejable mantener un blog temático donde tratar todos aquellos temas que te aporten solidez como escritor.
  • Favorece hacer NetWorking con grupos organizados, con otros autores, con la gente del sector, cuanto más mejor, ya que estar bien conectado puede ser sinónimo de encontrar más lectores y editores que disfruten de tu obra.
  • Es muy recomendable hacer Guest-posting actuando como invitado en blogs de tu cuerda. Amplía de forma exponencial el público al que te diriges. Consigues que más gente te conozca, que más lectores en potencia te descubran.
  • Siempre respetando la normativa en curso favorece enormemente hacer e-mail marketing. El email de un lector es un tesoro porque así puedes mantenerlo al tanto de tus novedades, de tus lanzamientos, de por dónde respiras.
  • Este esfuerzo hay que maximizarlo, así que importa dominar el posicionamiento SEO. Saber quiénes entran en tus redes, en tu blog, de dónde son, qué leen, a qué se dedican, en qué subgrupos, nichos, podemos clasificarlos.
  • Es recomendable generar una marca personal. Que nadie dude de quién eres, qué haces, cuál es tu obra. ¿Es que acaso los grandes escritores no la han confeccionado de manera consciente o inconsciente?
  • Y hay que escribir
Como la mayoría escribo robando: Robo tiempo a mi familia, tiempo a mi trabajo, tiempo a mis amigos, a mis vacaciones, a mi descanso, a mis comidas. Busco huecos imposibles donde poder seguir con mi deseo de ser escritor, que lo devora todo.


En septiembre de 2016 descubrí que, aparte de las relaciones personales con lectores a los que quiero de verdad, lo único que me hacía feliz de la lista anterior era el último punto, y sin embargo dedicaba mi escaso tiempo robado a todo lo demás. 



Llevo meses meditándolo, y he llegado a las siguientes conclusiones:
  • Quiero que las Redes Sociales sean el lugar de encuentro natural con mis buenos lectores y con amigos. Sin obligaciones, sin horarios, nada práctico. Nada más.
  • Jamás he conseguido saber cómo funciona Twitter, ni me parece que mi vida tenga nada interesante que compartir por Instagran o Pinterest, a menos que subir la tostada diaria con aceite y jamón le interese a alguien. Y odio grabarme en video. Con Facebook me sobra y me basta. Me gusta esa Red aunque sea anticuada, lo reconozco. Me gusta hablar y saludar, saber de la gente que quiero y aprecio con el paso de los años.
  • Si no sé dónde dejo las llaves y he de hacerle una foto al coche cuando lo dejo en el aparcamiento para encontrarlo a la vuelta… ¿Cómo voy a poder llevar un cuidadoso seguimiento de quién interactúa conmigo? No quiero ser políticamente correcto, tampoco adoptar la pose de incorrecto. Soy un desastre y es posible que haya que aceptarme así.
  • Quiero hablar en mi blog de cosas banales: de mi marca de clínex favorita, de si he batido mi récord corriendo, de las papas con carne que me he comido… sí, también de mis libros, del universo…. Pero sin dejar de hablar de clínex y papas con carne. Ansío artículos con títulos tan llamativos como “Mis papas con carne”. Ese es el valor que puedo aportar.
  • He conocido a muchas de las personas que más quiero y admiro gracias a los libros. De eso no me arrepiento en absoluto, solo puedo dar las gracias. Sin embargo soy tímido y hogareño. Sueño con el fin de semana en chanclas donde quedarme en casa, ver series y leer. No me gusta exponerme al público. No quiero ir a eventos, ni a firmas ni a presentaciones. Tengo pocas cosas interesantes que contar que no estén escritas en mis novelas. Soy ermitaño y quiero seguir siéndolo.
  • Lo que de verdad me importa es que mis lectores me han regalado la oportunidad de leerme. De donde sean, como sean, lo que les guste… me da igual. Al día de hoy me considero tan afortunado de haber podido encontrar grandes amigos entre personas que hemos contactado a través de la pasión por los libros que… ¿qué más puedo pedir? Hombre, mujer, estudiante, jubilado, gay, hetero, del norte, del sur, médico, obrero, independentista, nacional, pensionista, folklórico, postmoderna, de Bogotá o Bilbao… ¿qué importa?
  • Nunca he sido hombre de marcas, de hecho compro marcas blancas y si algo me gusta y tiene una gran pegatina la descoso con cuidado. Mi marca personal también la descosí hace tiempo.
  • Y hay que escribir.
Te estarás preguntando quién me había obligado a hacer todas esas cosas de las que ahora reniego. La respuesta te va a sorprender. NADIE. Miento, quizá mi vanidad. Cuanto más aprendía, cuanto más estudiaba, cuanto más me creía un escritor, más seguro estaba de que ese era el camino. Manuales, blogs, conversaciones con colegas. Mi ignorancia. De pronto descubrí que había dejado de ser aquello por lo que había luchado toda mi vida, aquello que aprendí tras soportar las burlas por un poema ripioso leído en voz baja a una enamorada: un escritor.

Había dejado de serlo para convertirme en algo que no identificaba, y que un amigo se atrevió a definir como e-Scritor

En septiembre de 2016 decidí que no quería hacer nada de esa larga lista que no fuera el último punto. Me hacía infeliz. Me daba igual pasar de vender unos pocos y honrosos miles de libros a unas escasas docenas, me daba igual estar en las mesas de novedades que en las estantería más recóndita. SOLO quería escribir.
¿Y el precio a pagar? Lo ignoro. No me importa el precio a pagar… mejor dicho, estoy dispuesto a afrontarlo. Eso te lo contaré dentro de una semana y espero que te gusteHay que ser consecuente con lo que uno quiere. Quiero ser un ermitaño literario. Mi blog es mi casa y aquí (y en Facebook) me encontrarás. Un beso enorme.

Escribe tu primera novela romántica siguiendo el método John Braine

El señor Braine pasará a la historia por ser el autor de “Un lugar en la cumbre” (1957). Esta extraordinaria novela fue rechazada por cuatro editores antes de ser publicada, cosechó un éxito casi instantáneo, y lo integró por derecho propio en el movimiento literario de los “Angry Young Men”, al que también pertenecían autores de la talla de Kingsley Amis, Philip Larkin, Keith Waterhouse o Allan Sillitoe. Nacido en Bingley (Reino Unido), y fallecido en Londres en 1986, es un autor que recomiendo desde aquí, sobre todo en las excelentes ediciones de Impedimenta (1)

Pero lo que me trae a escribir este artículo no es su obra de ficción, sino el manual publicado en 1975 y titulado “Writing a novel”. En él, Brain expone una teoría muy útil para aquellos que piensan en escribir su primera novela

¿Que han pasado 40 años? Qué más da si los consejos son acertados.


Son diez pasos sencillos (2) que te ayudarán a fraguar tu obra y huir de los bloqueos.

Tomo la voz del señor Braine, vamos allá.

1. Una vez que tenemos un argumento básico o idea, debemos escribir una sinopsis de no más de 500 palabras. Si no estás dispuesto a hacerlo siéntate a escribir directamente tu primer borrador (una idea muy afín a los escritores brújula).  Siempre es útil tener a mano una lista de nombres adecuados para los personajes, al objeto de que el flujo de palabras no se vea entorpecido mientras consultas una lista de nombres posibles, pero sin detenerte demasiado en perfilar los personajes porque ellos se revelaran por si mismos con sus actos.

2. Escribe este primer borrador a toda velocidad. Sin dejar de cumplir con el programa que te hayas fijado y tratando de extenderte todo lo posible en cada sesión. No detengas el flujo de palabras (redacción). Si ha detalles que te preocupan  no te detengas en ellos, en su lugar toma notas al margen para documentarte o inventar los huecos argumentales más adelante. Lo más importante en este método es terminar el primer borrador lo antes posible. No vuelvas atrás para hacer comprobaciones, o revisar nada. Limítate a redactar el borrador hasta obtener la extensión que te hayas fijado. La sensación de logro que experimentarás al ver terminado tu primer borrador es indescriptible. Disfrútala, porque solo una vez se experimenta con tal intensidad.  

3. Luego redacta un resumen en prosa de la novela, de no más de 2.000 palabras, del que deberías discernirse una clara cadencia de motivaciones unificadoras de todo el relato antes de pasar a la siguiente fase. Hay autores que dicen que se puedes lograr esta unidad orgánica en seis intentos de escribir este esbozo o sinopsis. Si te cuenta trabajo, te sugiero que pases a la siguiente fase, porque resulta asombros comprobar  cuántos problemas de planificación desaparecen cuando deja uno de escribir simples notas aisladas y se pone a redactar de verdad la novela.

4. El siguiente paso consiste en redactar la estructura formal de la trama, secuencia a secuencia, y dividirla en capítulos (o las unidades narrativas que hayas elegido). Todos los acontecimientos deben situarse en una cronología específica y, llegado a esta fase, ya debes saber qué periodo abarca la novela  y la cantidad de tiempo “real” que abarca la acción (que puede abarcar desde algunas horas hasta un año). No es recomendable abarcar un periodo más largo en tu primera novela.

5. Escribe entonces los nombres de los personajes y de sus características más notables, tan sucintamente como te sea posible.

6. Asegúrate de no incumplir ninguna de las leyes sobre los libelos (difamación, buena imagen, etc.)

7. Reduce al mínimo la documentación esencial. Hazte de mapas y planos de todos los lugares que te propones utilizar, y traza tus propios planos si inventas los lugares en los que transcurre la novela.

8. El último paso antes de ponerse a redactar el segundo borrador es fijar el “tono de voz narrativa” que piensas utilizar.  Una forma útil de hacerlo es pensando en tus personajes actuando ante el lector. De ninguna manera debe transcurrir más de una semana entre el primero y el segundo borrador. Si al cabo de una semana no has decidido cuál es el tono, empieza a escribir el segundo borrador de todas maneras. Si lo que estás escribiendo te parece horrible, no te detengas hasta que mejore: eso querrá decir que has encontrado el tono adecuado. Entonces prescinde de lo que hayas escrito y comienza de nuevo desde el principio con ese tono de voz narrativa.

9. Conviene insistir en que en que la regla fundamental consiste en no dejar que nada interfiera en la narración de tu novela, y en no dejar de cumplir con tu programa de trabajo sea cual sea, en no perder ni una sola sesión por ningún motivo. Sin embargo, al principio, el segundo borrador avanzará mucho más lentamente que el primero, pero hacia el final tendrás que resistir la tentación de acelerar para verlo terminado y tendrás que hacer un serio esfuerzo para dominarte y trabajar con mayor lentitud hasta lograr que el final sea perfecto.

10. No releas el manuscrito ni lo pulas hasta que hayas terminado por completo el segundo borrador.

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(1) Fuente bibliográfica tomada de la Editorial Impedimenta.
(2) Los diez pasos, extraídos del manual “Escribir un thriller”, de André Jute

En busca del equilibrio perfecto

 

No hay fórmulas mágicas, pero encontrar el equilibro dentro de una novela, entre sus partes más destacadas, creo que es una aspiración a la que tendemos todos los que nos dedicamos a la narrativa.
Una vez leí que la novela es siempre el relato de algo excepcional, y como tal debe ser contado, de forma que esta excepcionalidad quede patente. ¿Con qué elementos contamos para hacerlo? Con infinidad de ellos pero, de entre todos, tres son los que compondrán el fondo del tapiz y son por lo tanto los más destacados. Se trata de la descripción, el diálogo y la acción.
Noborok dijo que consideraba a los escritores que utilizaban más de una página de diálogo seguidas unos perezosos impertinentes, y que por lo tanto no serían leídos por los lectores. Creo que esta afirmación tenía más que ver con la moda del momento que con la realidad, pero no la perdamos de vista.
No existe ninguna teoría normativa aplicable que determine el espacio que hay que destinar a la descripción estática, al diálogo y a la acción dentro de una novela. Sin embargo con una simple ojeada  a la obra podemos ver el peso de cada una de ellas. Las novelas de ficción romántica muy acotadas con diálogos pueden pecar de ligeras, de falta de contenido. Las demasiado descriptivas pueden ser densas y poco entretenidas. Y la falta de acción de los personajes, cuando estos se vuelven estáticos y contemplativos, terminan aburriendo al lector. ¿Cómo lo abordamos entonces?

Definamos los términos:

Entendemos por descripción estática aquella en la que el autor le dice al lector qué aspecto tiene un lugar, un objeto o una persona. El problema se produce cuando la descripción parece irrelevante, innecesaria, o en lugares donde la trama demanda acción. Cuando no se tiene cuidado, el uso de la descripción estática puede opacar la novela hasta oscurecer el hilo de la trama y detener la acción.
El diálogo consiste en aquello que los personajes se dicen entre ellos, o se dicen a sí mismos cuando se trata de un diálogo interior, y sirve para revelar el carácter del personaje y para activar la acción. El problema lo encontramos cuando está vacío de contenido, es artificioso o poco natural, y solo sirve para rellenar páginas.
La acción  es una mezcla de diálogo y de descripción y se caracteriza por el impulso que da al hecho que narra. 
Los personajes se desarrollan mejor a través de la acción que mediante las descripciones estáticas.
Una vez expuesto lo anterior, ¿cuál es mi propuesta sobre el tema? Allá voy: 
  • Creo que debemos centrarnos en la acción. Independientemente de que nuestra novela romántica tenga la delicadeza del subgénero Sentimental o la fuerza del Paranormal, la obra debe estar escrita en clave de acción. 
  • ¿Qué es esto? Que la trama de la novela se debe sostener sobre los retos a los que sometamos a nuestros protagonistas, y cómo reaccionan  a estos a nuestros retos. 
  • ¿La fórmula? A retos más arriesgados, reacciones más arriesgada. De esta forma  el diálogo y la descripción tendrán el equilibrio necesario en función de la acción que estemos narrando en cada momento.
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