MONTAÑEROS, UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN #1

Ya tienes a la venta la primera entrega de la Serie Montañeros. En esta ocasión «UNA ESPECIE EN EXTINCIÓN«.

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SINOPSISLos Mountain, una familia de hombres marrulleros, hoscos y salvajes, son los dueños de la montaña. Al menos así lo creen ellos, que tratan al resto de habitante de Great Peak como si fueran forasteros, aunque sus antepasados llegaran a la zona cien años atrás. 

Cuando tío Rhett Mountain decide explotar la mina de plata descubierta en sus propiedades, todos saben que la apacible vida de la comarca desaparecerá con ella. Pero Jedidiah Mountain, el mayor de sus sobrinos, tiene una idea para que los planes de su tío no se lleven a cabo.

Mientras tanto, la bióloga Julia Vanderbilt está decepcionada porque su carrera profesional se encuentra limitada a los oscuros sótanos del museo donde clasifica especímenes que otros han encontrado.

Cuando su jefe de departamento, el apuesto Richard Howard, le ofrece acompañarlo a las montañas para llevar a cabo un trabajo de campo, se siente la mujer más feliz de mundo. Lo que ignora es que tendrá que vérselas con Jedidiah y con el resto de los Mountain, tarea que no hará fácil su trabajo y le permitirá comprender que hay un tipo de hombres a los que les vendría bien una cura de humildad.

DESMITIFICANDO LIBROS, POR J. DE LA ROSA

Quienes amamos la lectura hemos desarrollado de forma instintiva una veneración hacia el libro.

Es normal. Posiblemente muchos de los mejores momentos de nuestras vidas nos lo hayan proporcionado sumergirnos entre sus páginas. Desgranar paso a paso una escena. Intentar leer más despacio para que no se acabe aunque el corazón martillea a cien en nuestro pecho. Apartando las lágrimas mientras a nuestro alrededor no comprender por qué lloramos. Riendo como locos. Comprendiendo al protagonista, a la protagonista de nuestra novela mejor quizá que a nadie en el mundo. Aprendiendo sobre los caminos tortuosos de la vida.

Hace muchos años, cuando me tocó realizar las prácticas de empresa de final de carrera, fui destinado a la televisión local de un pueblo cercano.
Por aquel entonces, con veintipocos, yo había recibido la afición por la lectura de manos de las mujeres de mi casa, todas furibundas lectoras, que guardaban sus tesoros con celo. En casa los libros estaban protegidos con una cobertura de vinilo, había que cuidarlos, mimarlos, y por supuesto tener cuidado de que nunca se mancharan ni fueran víctimas del descuido. Para mi madre, para sus hermanas, para mi abuela, los libros formaban parte casi de un mercadeo secreto donde el objeto de tráfico era más precioso que el oro.
Cuando llegué a aquel pueblo de la campiña, mi primer trabajo consistió en entrevistar a una señora, ya muy anciana, que el ayuntamiento galardonaba por su labor cultural y didáctica.
¿Qué había hecho? Algo tan simple como abrir su biblioteca al público en un barrio marginal y atacado por las drogas.
Fui a su casa previa cita. Un piso humilde en una tercera planta, en una calle poco recomendable de un barrio aún menos.
Había libros. Cientos. Miles. Pero no en las estanterías y forrados de plástico como en mi casa. Estaban en el suelo, apilados hasta el techo. Sobre los muebles. Encima de la mesa. Junto a los cacharros de cocina, sujetando las patas cojas de las sillas. Haciendo de bandeja para la cena. Como posamacetas, en el pretil de la ventana, en el baño…
La mujer era una de esas ancianas dulces con sempiterna sonrisa que te gana el corazón, y yo no entendía cómo alguien que como ella, que debía amar los libros, los trataba de aquella manera.

Hablamos un poco, palabras de cortesía. Antes de que yo entrara en materia ella me pidió que tomara un libro cualquier y lo abriera. Tenía junto a mi mano, en una mesa donde estaba servido el café (un gato durmiendo, varios periódicos y muchas pilas de libros), un raído ejemplar «La Regenta». Lo tomé. Lo abrí… y aún me horroricé más.

El libro estaba «destrozado». Había anotaciones por todos lados. A bolígrafo, a lápiz. A rotulador. Dibujos. Esquemas. Gráficos. En los márgenes. Entre las líneas. Cruzando la página. La miré sin comprender. El premio que le iban a dar, la sabiduría que enseñaba su semblante y lo que veía, no cuadraban en absoluto.

Y así están todos. Más o menos —me dijo

Fue entonces cuando me contó lo siguiente:

Cuando llegó al barrio como profesora hacía cincuenta años no había biblioteca pública, así que decidió abrir su casa a quienes quisieran leer. Un café, una comida y un libro. Para muchos leer era comer. Pero pronto se dio cuenta de que no se generaban vínculos entre los lectores y los libros, así que empezó a pedir que una vez devuelto le contaran sus impresiones. Le impactó tanto el darse cuenta de que un mismo libro era un mundo completamente diferente para cada persona que lo leía, que su siguiente paso fue inevitable. A cambio de prestar un libro, de un plato de comida, pedía que fuera devuelto con anotaciones.
Así lo hizo. Cada libro de aquella casa era mucho más rico que su hermano de la mía: era la obra de un autor, más las impresiones de varias generaciones de chavales de aquel barrio.

Dejaron de ser sagrados para ser divinos.

Ese día aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida. Yo, un muchacho que se lavaba las manos antes de coger de la estantería sin rastro de polvo su libro forrado de vinilo: 

Hay que perderle el respeto a los libros, porque la intimidad solo se logra cuando nos manchamos las manos y cuando dejamos parte de nosotros en el camino.

CARTA ABIERTA A LOS EVENTOS DE NOVELA ROMÁNTICA

 

El concepto de “Comunidad” es bien conocido en el ámbito literario de la novela romántica.

Recuerdo que en 2004, cuando empecé a interesarme profesionalmente por este género, lo primero que me sorprendió fue la cantidad de lectoras, también autoras, que se concentraban a través de las webs temáticas (permitidme el uso del femenino, pero es una cuestión de números): El rincón romántico, Románticas al horizonte, Autoras en la sombra, Noches de Almack, o Gauchas románticas eran algunas de estas webs que canalizaban los deseos de intercambiar impresiones de miles (sí, miles) de lectoras, así como las ganas de sentirse leídas de decenas de escritoras que por entonces tenían difícil (salvo raras excepciones) la posibilidad de ser publicadas como autoras de novela romántica en las editoriales que entonces lo hacían, ya que era un género netamente anglosajón donde primaban las traducciones.

Cuento esto porque el deseo de interconectarnos, de hablar de lo que nos apasiona, de contarnos, es algo que existe desde que yo me acerqué tímidamente al género hace ya más de una década.

En cierto modo hemos hecho un viaje inverso, de lo digital a lo analógico, y de ahí, de esta necesidad, han surgido los muchos eventos sobre novela romántica que hoy recorren el territorio y que son, como intento explicar, una necesidad real.

Vosotras, como organizadoras, sois conscientes más que nadie del esfuerzo que es necesario volcar para poner en marcha cualquiera de estos encuentros y creo que lo primero que hay que hacer es agradecéroslo. Sobre todo cuando se cuenta de antemano con que no serán del gusto de todos. Cada asistente tenemos una expectativa: como lector, como editor, como autor. Algunas sumamente particulares, y dar respuesta generalizada es complicado.

Las satisfacciones como organizadores son grandes, pero también los disgustos. ¿Ninguna habéis pensado en algún momento… “Pero yo por qué me he medito en esto”? La respuesta es fácil: Este mundo nos apasiona y las recompensas (grandes en forma de afecto, de generación de redes), o pequeñas (de difusión), no siempre compensan los disgustos.

Durante los últimos cuatro años he recorrido muchos de los eventos dedicados a la novela romántica de este país… ¡Qué grandes sois, chicas! ¡Qué capacidad de congregar y organizar!.. Por eso creo que podemos, entre todos, aportar ideas que renueven el formato evento y lo hagan más atractivo. ¿Cómo? Lo ignoro, por eso quiero recopilar con vuestra ayuda, la de autores y lectores, una lista de ideas que puedan ser recogidas por vosotras para usar según creáis.

EMPECEMOS LA LISTA DE IDEAS QUE ESPERO QUE SE AMPLÍE CON LAS APORTACIONES DE NUESTRA COMUNIDAD

1. Nuevos formatos: Sería interesante buscar nuevos formatos de eventos. Somos gente con imaginación, seguro que se nos ocurren. Por poner un ejemplo, me fascina el formato «lecturas» que se ha perdido completamente en nuestro país; una noche para leer entre todos una obra mientras tomamos algo… He sido incapaz de encontrar el nombre y el enlace de un evento de este tipo que se hace en Colonia (Alemania); lecturas literarias en bares, hoteles, teatros, etc. de toda la ciudad. ¿Os imagináis que la próxima novela de Megan Maxwell, o de Lola P. Nieva, se presente con una lectura completa en un teatro antes de que salga a la luz? Y apunto esto porque el formato auditorio (una mesa que expone y un público que recibe la información) es perfecto para un congreso pero muy cansado si no se cuidan tres factores: los contenidos tienen que ser originales e interesantes, los ponentes deben tener una buena capacidad comunicativa, y los moderadores deben ser muy dinámicos. Si ahondamos en los temas que circulan alrededor de la novela romántica nos damos cuenta de algunos problemas:

  1. Los temas son finitos, por lo que aunque lo intentemos, terminamos repitiéndonos.
  2. Hay autores maravillosos que somos un autentico tostón delante del público porque lo que tenemos que contar y lo que contamos bien lo hacemos en 400 páginas y no es una mesa de debate.
  3. Muchos de nosotros sabemos mucho de novela romántica pero no tenemos la capacidad de hacer dinámica una mesa cuando actuamos como moderadores.

2. Encuentro profesional: necesitamos un encuentro profesional porque muchos de quienes acudimos a los eventos somos autores y aún tenemos mucho que aprender.

3. Nuevas tecnologías: creo que no solo son interesantes para que podamos transmitir los eventos mediante Periscope, o abrir un turno de preguntas por Twiter, o… creo que funcionaría bien un encuentro digital si sabemos encontrar la manera de unirlo a lo analógico.

4. Mayor participación de los lectores: Los autores existimos porque existen lectores. Sus ideas y sus necesidades son importantísimas. Habría que recogerlas. ¿Cómo podemos hacer dinámica y no receptiva la participación de los lectores?

5. Calendario: es complicado saber qué evento se hará dónde y cuándo. Necesitamos un punto de información abierto y participativo que recopile todo esto (tipo wiki, quizá). Existen blogs y autoras (Como Paola C. Álvarez) que lo han recogido, pero sería necesario una web de información donde cada evento pueda subir sus contenidos a un calendario, y todos tener la información de primera mano.

Ahora te toca a ti. Si tienes ideas, AÑÁDELAS EN LOS COMENTARIOS. 

TÚ ANTES QUE YO, POR J. DE LA ROSA

Si algo tenemos claro tú y yo es que queremos ayudar a quienes amamos: familia, amigos, vecinos, compañeros del trabajo y de la vida. 

Leía este verano que a pesar de lo que nos cuentan las noticias, el ser humano es un ente que tiende a hacer el bien y a ayudar a los demás. El ejemplo que ponían era universal. Cuando leemos sobre una catástrofe, por ejemplo el terremoto de México o el atentado de Barcelona, «sentimos» automáticamente. Algo se dispara en nuestro cerebro, en nuestro corazón, y aparece la compasión. Nos preocupa lo que les ha pasado a esos desconocidos, nos angustiamos por sus familias, por sus pesares, aunque nos separen miles de kilómetros. Es algo general y que no controlamos. Es parte de aquello que nos hace humanos… a pesar de lo que digan las noticias.

Sin embargo, creo que cuando hacemos el bien a los demás, cuando ayudamos a aquellos a quienes queremos, debemos conocer cuál es el límite de nuestras vidas, porque no podemos realizar la vida de otro ni encargarnos de sus tareas. Hay responsabilidades que no son transferibles. Que solo son asumibles por aquel a quien le ha tocado llevarlo a cabo, y nosotros, los que los queremos, solo podemos estar ahí, ayudar, apoyar, pero no intervenir.

Me vienen a la cabeza algunos ejemplos:

➽ Es tu responsabilidad educar a tus hijos, no la mía ni la de sus profesores. Yo puedo ayudarte, pero no puedo hacerlo por ti.

➽ Es tu trabajo aceptar tu sexualidad, aunque duela. A mí me tendrás a tu lado siempre que lo necesites, en los momento oscuros y difíciles, lucharé a cada momento por los derechos y la reparación de las injusticias, pero tú tienes que aceptarlo.

➽ Es tu tarea aclarar la situación con tu pareja. Yo puedo aconsejarte lo que la vida me ha enseñado, pero no puedo poner mi corazón en la mano para mostrárselo a ell@.

➽ Es tu obligación cuidar de los que te han cuidado. Yo puedo ayudarte, darte mi tiempo y mi escaso dinero, pero ese es tu camino y debes recorrerlo tú mismo.

➽ Es tu necesidad gestionar el legado de tus padres. Yo puedo decirte cómo se clasifica, cuál es la forma más eficaz, de qué manera puede ser más fácil. Pero eres tú quien debe abrir las cajas escondidas en el trastero y mirar dentro, una a una.

➽ Es tu destino tomar decisiones. Yo puedo decirte que no existen las decisiones acertadas. Cada una te llevará en una dirección y te garantizo que nunca será la que esperabas, pero debes ser tú quien elija cuáles son las adecuadas.

En definitiva, creo que ayudar a los demás consiste en ofrecerlo todo, teniendo muy claro cuál es tu proyecto vital y cuál es el proyecto de vida del otro, sin injerir ni permitir injerencias.
 

EL LADO SALVAJE DE LA VIDA, POR J. DE LA ROSA

 

Tengo una ligera obsesión, quizá enfermiza, por entender qué diablos hago en este mundo. Posiblemente tú también, y Aristóteles, y Séneca, y Kant, y todo aquél que en algún momento se ha planteado si somos el mero fruto de una casualidad o si existe una explicación a algo tan complejo como es nuestra conciencia.

Veo la vida como una espiral ascendente. Quizá porque los huracanes y los tornados tienen esa forma y su fuerza centrípeta lo arrastra todo hasta arriba y hacia el centro hasta llegar a un punto donde muere. Así veo yo la existencia. Naces y el plan, aunque un tanto frívolo y simplista (permítemelo), ya está trazado:

  • Te educan para seguir las reglas de comportamiento.
  • Adquieres el cocimiento teórico necesario para vivir en sociedad.
  • Terminas los estudios.
  • Te sacas el carnet de conducir.
  • Conoces a alguien (este punto puede ir antes o después).
  • Alquilas o comprar un piso.
  • Tienes un hijo o varios.
  • Los grupos de papás y mamás.
  • Un coche más grande.
  • La casa de la playa.
  • Más horas de trabajo para pagarlo todo.
  • Cambias de coche por uno mejor.
  • Los hijos empiezan a marcharse.
  • La jubilación y los sueños que ya no tienes fuerzas para cumplir.
  • Posiblemente el divorcio en algún punto del trayecto.

Sí, demasiado simplificado y esquemático, pero  solo es para entendernos, porque después de esto hay que empezar de nuevo hasta llegar a una meta que es lo único cierto que tenemos al nacer.

Si desde que naces te dejas arrastrar por esta enorme fuerza centípeta que tiene forma de espiral, es posible que las cosas te vayan bien. Y si no es así, al menos casi te puedo garantizar que podrás encontrar respuesta a tus preguntas entre los que te rodean.

Los que por alguna razón nos quedamos fuera de la espiral, o porque decidimos no estudiar, o porque preferimos no tener pareja, ni hijos, ni un trabajo estándar, ni un coche grande ni pequeño. Los que incluso decidimos poner en cuestión la bondad de esta espiral ascendente y arrolladora aunque repleta de seguridad, solemos tener problemas. Quizá no más que los otros, pero sí es más complejo encontrar las respuestas porque no hay una tradición social centenaria que ya las haya dado.

En definitiva, creo que la única razón por la que estamos aquí es para conocernos a nosotros mismos y experimentar qué nos puede ofrecer la vida.

Vivir fuera de la espiral es lo que Lou Reed llamaba Walk on the Wild Side. En el imaginario de Lou entiendo que un tanto más alocado que en el mío, pero igualmente al margen de lo «correcto». Un camino duro y excitante lleno de peligros. ¿Te apuntas?

 

(SONRISA DE BOBO)… FINALISTA DEL PREMIO LITERARIO AMAZON 2017, POR J. DE LA ROSA

¿Exactamente a qué juega la vida con nosotros? Hace unas semanas hablaba de la Rendición, y te contaba que a veces es necesario rendirse, dejar que las cosas sucedan, no forzarlas, porque al final lo que tiene que pasar pasará.

Antes te había contado por qué había autopublicado «Bajo el Puente de los Vientos», y una de las razones era que quería que todas las responsabilidades de mi decisión de hacer “lo que me diera la gana” no recayeran sobre una editorial que me había mimado y cuidado, sino sobre mí mismo.

Y un poco antes te había contado por qué había dejado de escribir en septiembre de 2016 y cuáles eran mis intenciones en el futuro.

Ayer, cuando recibí la llamada de Álvaro, Project Management de Amazon, para decirme que era uno de los cinco finalistas del Premio Literario Amazon 2017 tuve que hacer aquello que hago cuando necesito comprenderme: caminar

¿Conoces Sevilla? (¿Noooooo? Pues deberías. Llámame, que soy buen Cicerone). De mi trabajo a mi casa estuve circunspecto durante más de una hora, pensando en qué podría suponer ser finalista de un premio como este.

Mi conclusión es esta: voy a disfrutarlo. Siempre había querido que la escritura me aportara un medio de vida, porque es lo que más me gusta del mundo, escribir. Solo escribir. Pero hace tiempo que descubrí que lo que me regalaba día a día este divino oficio son personas. Relaciones con gente que nunca hubiera podido conocer si no hubiera escrito un libro. Y eso, amig@ mí@, es lo que más me sorprende y los que más me gusta de este mundo lleno de sorpresas.

Que gane quien deba. En noviembre, emocionado pase lo que pase, retomaremos este post.

#Premioliterario2017, #PremioAmazon2017, #Premioindie2017, #Bajoelpuentedelosvientos.

YO, EL SUPLANTADOR, POR J. DE LA ROSA

Fue hace algunos años. Yo iba en el autobús y una señora se sentó a mi lado a la vez que me daba un fuerte abrazo. Todo sucedió tan de repente que no me di cuenta.
—¡Pepe, qué alegría!
La miré apretando un ojo. A primera vista no me sonaba de nada, pero parecía que ella me conocía bien. ¿Una lectora, quizá? Iba a preguntarle si era posible que se hubiera confundido cuando habló de nuevo mientras me palmeaba el muslo.
—Ya sé que tu hermano se ha casado. ¡Qué alegría! Ya era hora.
Mi hermano, en efecto, se había casado hacía unas semanas lo que me llevó a la conclusión de que aquella señora tan amable era en verdad alguien a quien yo debía conocer pero que las nieblas de la memoria me habían despistado. La miré más fijamente, intentando que algún rasgo de su cara activara los remotos mecanismos del recuerdo. Nada.
—Y vaya el resfriado que tiene tu madre. Hablé ayer con ella y ni se le escuchaba la voz. ¡Pero qué alegría me da oírla!
Era evidente que yo era una mala persona porque mi madre, en efecto, tenía un trancazo de aúpa y la tan alegre señora debía de ser alguien muy íntimo que en cualquier momento podía darse cuenta de que el ingrato individuo que se sentaba a su lado la había olvidado. Las palmas de las manos me empezaron a sudar y sentí cierto ahogo. ¿Y si se daba cuenta de que yo no tenía la más remota idea de quién era? Intenté indagar a ver si así…
—¿Y vosotros qué tal?
—¿Nosotros? ¿A quién te refieres?
Entré en pánico.


—A…a… ¿Todo bien en casa?—contesté titubeante.
Me miró con cierta suspicacia. Yo comprendí que empezaba a sospechar que yo no tenía ni zorra idea de quién era.
—Ya sabes —dijo al fin—. José Antonio con sus cosas y la niña dando guerra. Pero no podemos quejarnos. ¡Qué alegría verte!
Repasé mentalmente todos los José Antonio que conocía. Nada. Ninguno me recordaba a aquella señora tan alegre. ¿Y quién sería «la niña»? A mi hermana en casa la llamábamos así, pero tampoco había en mi cabeza nada que la relacionara con ella.
—¿Tú sigues trabajando en el taller mecánico? —me preguntó—. Tu padre hablo ayer con José Antonio y le dijo que…
Dejé de oírla porque en ese preciso momento comprendí que la señora me había confundido con otro. ¿Qué hace cualquiera ante este descubrimiento? Pues se pone colorado como un tomate e intenta que la señora no se dé cuenta de que se había equivocado. En otras palabras: suplanta la identidad de un tipo que no conoce.
—El trabajo —dije mientras mi cabeza intentaba encontrar palabras ambiguas que no me ubicaran en ningún contexto concreto—. Sí. Seguimos igual.
Ella parecía satisfecha con mi respuesta, pero quería saber más.
—Háblame de Carmen —me dio otro porrazo en el muslo—. ¿O te creías que no te iba a preguntar por ella? ¡Qué alegría!
¿Quién coño era Carmen? ¿Qué le contaba sin descubrir que yo no era quien aparentaba ser? Que era un suplantador. Entré en estado de shock. Sentía que las paredes del autobús se acercaban unas a otras para aplastarme. La glotis empezaba a cerrarse y un sudor helado me recorría la piel. Me puse de pie como si me hubiera sentado sobre una chincheta.
—Me tengo que bajar aquí —dije mirando desesperado hacia la puerta.
—Pero si el taller está dos paradas más allá —contestó sorprendida.
En ese momento el autobús se detuvo. Quien fuera había escuchado mis oraciones. 
—He quedado con Carmen —dije a la desesperada mientras esperaba que la puerta se abriera para poder escapar.
—¿Has quedado con Carmen? —dijo sorprendida—. ¿Con la perra que ha adoptado tu madre? No lo entiendo.
Al fin la doble puerta se abrió. Una bocanada de aire fresco lo inundó todo. Sentí que podía salvarme. Que aquello no era el final. Que…
—Me ha dado mucha alegría verla —dije con prisas mientras huía.
—Y a mí, hijo —oí a mis espaldas—, pero qué raro has sido siempre, miarma.
Cuando llegó el siguiente autobús y pude subirme, una vecina se sentó a mi lado, y tuve la urgente necesitada de darle un abrazo.

SOY UN PATRIOTA, POR J. DE LA ROSA

Las palabras son más que un continente lleno de significado. Tienen la capacidad esotérica, si encontramos la adecuada, de abrir la cueva de Aladino; de convertirnos en rana si forman el conjuro correcto; de provocar una declaración de guerra si es dicha por un poderoso; o de transformarnos en hombres y mujeres santos de manos de un gurú místico.

No hace mucho terminé la lectura de «Patria», de Fernando Aramburu, una de esas grandes novelas que exponen loirracionales y trágicos que llegamos a ser. Durante un par de años he desarrollado un extenso trabajo de investigación para documentar «Bajo el Puente de los Vientos», que se desarrolla en una época, finales del XVIII, donde se acuñan los significados que aún hoy envuelven la palabra «Patria».

Tanta patria en los últimos meses, por no hablar de las noticias, me quema un poco la piel. Tanto que este concepto ha provocado en mí, desde que recuerdo, un rictus extraño. Por un lado, tiene que ver con lo que conoces y amas, con lo que te han transmitido los tuyos a lo largo de la vida, con tu forma de hablar, de comportarte con los demás, con los que quieres y te quieren, con tus ancestros, con tus referentes, con tu cultura, con lo conocido. Por otro, está estrechamente vinculada con las fronteras, con las diferencias en su peor versión, con las malquerencias porque soy mejor que tú,con la violencia, con los dictadores, con los abusones, con los que prefieren la guerra a la paz.

Quizá por eso, la única patria que yo puedo defender no tiene fronteraspor una imposibilidad física. La componen todos los lugares donde he vivido o que han sido un referente para mí aun sin haberlos pisado. Los lugares que me han conformado tal y como soy, la buena o mala persona en la que me he convertido. Mi patria está compuesta por grandes metrópolis y hermosos pueblos y aldeas: Londres, Girona, Jaipur, Montpelier , Roma, Sevilla, Vigo, París, Caños de Meca, Tokio, Conil de la Frontera, Nueva York, Ciudad del Cabo, Melbourne, Écija, Buenos Aires, Burgos, Cuzco, El Cairo, Benarés, Cordoba, San Francisco, Madrid, Puerto de la Encina, Barcelona, y un largo etcétera.

Mi patria no es monocultural. Soy lo que soy porque me fascinan el flamenco, el jazz, la bossa nova, el pop británico de los 70, los mantras tibetanos. Amo el teatro de lo absurdo, la comedia del arte, el teatro negro y las tragedias de Sheakespeare. Practico yoga, hago running y me asombra un combate de sumo. Me emociona chillida, Francis Bacon, Andy Warhol y Ai WeiWei. Amo el cine de kurosawa, de Pilar Miró y de John Ford.

Esta patria mía tiene una historia extraordinaria. Por un lado mis ancestros crearon rutas comerciales que atravesaban toda Asia Oriental. Por otro, alzaron culturas alrededor del Caribe en época precolombina y del Mediterráneo unos milenios A.C. Crearon una floreciente sociedad al norte de África, trabajaron el hierro de forma magistral al norte de Europa, tintaron la seda como nadie al este de Asia, aprendieron a convivir con la naturaleza en el corazón de Australia, y desarrollaron una astrología exquisita al sur de América Mis antepasados inventaron la imprenta, descubrieron las vacunas, refinaron la espiritualidad. Estos locos antepasados míos hicieron revoluciones en Europa y vencieron el Apartheid en África. Esta es mi patria, llena de historia. Aciertos y equivocaciones. Esta es mi historia.

Todas las personas que se circunscriben a esta patria mía tienen una lengua común: la de entendernos. La de salvar las diferencias lingüísticas para poder comunicarnos unos con otros. Lo hacemos en idiomas tan nuevos o tan antiguos que siempre son sorprendentes y dignos de admirar y de preservar. Todos hermosos, todos necesarios de aprender y de respetar.

Mi patria no es bidimensional, porque dentro de estos territorios que he descrito no me siento identificado con todos los que habitan en ellos. No soy hermano de los violentos, de los radicales, de los intolerantes, de los manipuladores. Esos no pertenecen a mi misma patria aunque hayan nacido y vivan en la puerta de al lado. Mi patria está compuesta por personas que creen en la justicia, en la igualdad, y en que este puede ser un mundo mejor, más unido, y sin fronteras. Un lugar donde intentamos entender y querer al prójimo sin juzgarlo por donde ha nacido, por su sexualidad, su religión, su nivel económico o el color de su piel.

Esta patria tan diversa se basa en personas que respetan a las personas. Que no quieren imponer sus ideas. Que no pretenden manipular a las masas. Que aciertan y se equivocan. Que son tan conscientes de quiénes son y de dónde vienen que no necesitan reafirmarse.

Esta es mi patria. Es la única patria que acepto. Y me siento un gran patriota.

QUE TODO CAMBIE PARA QUE NADA CAMBIE, POR J. DE LA ROSA

Tenía 21 años cuando se estrenó La lista de Schindler. Me impactó. Como a muchos. Me preguntaba por qué no habían huido mientras pudieron. Me refiero a los judíos, los gitanos, los polacos, los homosexuales, los discapacitados… todos aquellos que estaban fuera del ideario nazi y que terminaron en los campos de exterminio. Entre 15 y 20 millones de víctimas según el Holocausto Memorial Museum de Washington. ¿Por qué no escaparon cuando se avecinaba el peligro, por qué no se marcharon antes de que llegaran, de que asaltaran sus casas, destruyeran sus negocios, o los redujeran en los guetos? He tardado otros 25 años en comprenderlo

Para documentar Bajo el Puente de los Vientos he usado dos tipos de fuentes: estudios históricos y memorias. Las segundas son una de mis secretas pasiones. Tienen la ventaja de que no ha pasado por ellas la mano con perspectiva del historiador. Cuentan hechos parciales y subjetivos (¡Qué poco científico!) de personas que los vivieron. Cuando te aficionas a las memorias comprendes qué diferente es la Historia cuando la narran quienes formaron parte de ella a cuando lo hacen los que la interpretan años después. Ni mejor ni peor, solo distinta. Donde los historiadores ven una consecución de acontecimientos lógicos, los testigos se encuentran sumergidos en algo que no comprenden pero que son capaces de contar con una viveza sorprendente.

Como decía, para documentar mi novela tiré de las memorias de algunos personajes que fueron testigos directos de los acontecimientos que quería contar. Jeanne Campan, Lucy Dillon, Charlotte Robespierre, Manon Roland, Victoire de Donnissan, François Claude Amour, Barras. Y en la mayoría de ellas encontré algo sorprendente: al igual que los perseguidos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, a finales del siglo XVIII pocos de estos memoristas, pocos de los suyos, huyeron cuando se acercaba el Terror, cuando llegaba la época de las carnicerías, de las purgas y de la venganza. ¿Por qué?

La clave la encontré entre líneas en cada texto, pero fue Lucy Dillon quien supo expresarlo con una frase sencilla: “Bailábamos al borde del precipicio”. O lo que es lo mismo, no eran conscientes del alcance del peligro, y cuando llegaron a serlo, estuvieron seguros, cada día, de que aquel era el peor de los días y de que al siguiente todo empezaría a solucionarse.

Es sorprendente el ser humano. Es sorprendente y extraña la especie humana. ¿Y por qué te cuento esto? Porque dentro de un año se contarán diez de esta crisis que tantas desgracias nos ha traído, la fuente de inspiración final de esta novela, y podría asegurar que durante ella cada uno de tus días ha sido el peor de todos, pero mañana, aquel mañana, empezaría a solucionarse. 
 
Por eso aguantamos. 
 
Por eso nos quedamos. 
 

Por eso permanecemos.

La Revolución Francesa nos trajo grandes cosas, pero un análisis tosco y global diría que al fin y al cabo sirvió para que unos ocuparan el lugar de otros, y los de siempre, nosotros, nos manutuviéramos en el mismo sitio. Que todo cambien para que nada cambie. De siervos nos convertimos en proletarios, y de ahí en trabajadores cualificados, (que es otra forma de definir la servidumbre) consiguiendo que no nos enfademos por la bochornosa pérdida de derechos a que hemos sido sometidos en una década.

Hace poco leía a Eric Hobsbawm y su fabulosa La Era de la Revolución 1789-1848, donde explica que en todas las grandes revoluciones del siglo XIX se sigue el mismo esquema, para conseguir los mismos resultados. Sospecho que si el historiador británico de origen judío hubiera analizado todas las revoluciones hasta el día de hoy hubiera llegado a las mismas conclusiones. Quizá va siendo hora de que hagamos algo diferente.


No hace mucho se celebraba el programa 500 de “Cuarto milenio”. Doce años en antena. Todo un récord en nuestros tiempos donde nos aburrimos pronto y nos cansamos antes. Y es que, insisto, somos una especie extraña. Marcianos. Tanto que podíamos haber emigrado hasta aquí desde cualquier recóndito lugar del universo, y por eso IkerJiménez puede estar seguro de que nos deleitará la noche de los domingos con otros 500…

¡RÍNDETE!, POR J. DE LA ROSA

 

Se rinden los que lo han perdido todo, los cobardes, los que van a ser conquistados, los que no tienen fuerzas, los que están en minoría, los sitiados, los vencidos. Al menos eso nos han dicho. Sin embargo, tengo un gran consejo para ti: ¡Ríndete! Y te voy a contar por qué.

Desde que tengo uso de razón todo me ha gritado que no debo rendirme jamás: los anuncios en la tele, los estrenos en el cine, las novelas de género, los profesores en la escuela, los gurús de la comunicación, las personas razonables, aquellos a quienes admiro. A mí, a ti, nos ha perseguido una idea difusa de que debemos luchar, continuar adelante, hasta el último aliento, pero no rendirnos nunca. Rendirse se entiende como el asesinato de «seguir tus sueños»… ¿Y quién puede dejar de hacerlo? ¿Quién puede dejar de soñar? Sin embargo, una mirada detenida a esta compleja palabra con 13 acepciones en nuestra lengua, puede encerrar otros matices, otros significados en los que quizá no hayas reparado.

Utilizamos gran parte de nuestra energía en avanzar por el camino que nos hemos marcado (o que nos han marcado). Unas veces no es más que la espiral determinada por nuestro nacimiento: crecemos, estudiamos, compramos un coche, encontramos pareja, un trabajo, buscamos una casa, vivimos juntos, los hijos, un coche más grande, una casa más grande. Otras es el resultado de la persecución de nuestros deseos: una idea que martillea en nuestra cabeza, un objetivo claro, una lucha incesante por alcanzarlo.

Pero quizás al seguir esos caminos firmemente trazados, sumidos en nuestras obligaciones vitales, desdeñamos los cambios sutiles a nuestro alrededor, y dentro de nosotros también. Dejamos de ver, de oír, se sentir aquello que la vida nos tiene dispuesto. Dejamos de captar las señales, de apreciar las casualidades, de intuir los cambios. Nos resistimos. Luchamos para que no nos venzan, para seguir con nuestra vida tal y como está determinada, inamovible, aparentemente controlada por nosotros mismos. La vida correcta, aunque no sea la vida que nos hace felices y libres. No nos dejamos rendir.

Soy un tipo luchador, quizá en los grandes acontecimientos, como la enfermedad, el Medio Ambiente o la defensa de los derechos, no haya que dejarse rendir. Pero en el resto…

Me atrevería a decir que algunas de las cosas más importantes de tu vida, las que son realmente fundamentales, no han sido planificadas por ti.

  • Quizás encontraste a la persona que amas por casualidad, un día que decidiste girar a la derecha en vez de a la izquierda.
  • Es posible que tus mejores amigos llegaran a ti por una casualidad de tus padres al elegir la escuela o de tus profesores al repartir las clases. O porque esa noche te quedaste unos minutos más.
  • Tampoco elegiste a una parte de tu familia. Ni a tus padres ni a tus hijos si los tienes. Eres, son el resultado de una casualidad «cósmica».
  • Y me apostaría a que el día más feliz de tu vida no lo planificaste. No aquel que nos dicen «ese es el día más feliz de tu vida», no. Sino el de verdad. Aquel en que ocurrió algo sin importancia, intrascendente, pero que aún recuerdas con tu mejor sonrisa en los labios.

 

Así es. A veces, nuestra obsesión por avanzar, por luchar por un futuro que es solo el espejismo de lo cierto, nos impide detenernos un instante en el presente, mirar alrededor, dejarnos vencer y esperar a ver qué nos propone la vida. Sin planes. 

Porque vamos demasiado deprisa. Automatizados. Estamos demasiado determinados a alcanzar nuestros objetivos.

!Detente y ríndete! Deja que las cosas sucedan. No opongas resistencia. Vuelve a dar una oportunidad a la casualidad.

  • Gira a la izquierda en vez de a la derecha (y esto no es un consejo político).
  • Si siempre te equivocas de puerta… ¿no estaría bien entrar a ver qué pasa?
  • Déjate guiar por lo que intuyes y no por lo que piensas.
  • Concédete unos minutos de silencio, de inactividad, de paz.
  • Suaviza tus sueños si suponen un lastre demasiado pesado.
  • Vive el presente. El pasado ya no existe y del futuro solo tenemos la certeza de que no será como lo imaginamos.
  • Quédate unos minutos más, aunque mañana debas madrugar.
  • Da una oportunidad a los desconocidos, aunque tengas tantas cosas que hacer.
  • Abandona tus prejuicios, porque solo consiguen apartarte del lado brillante de la vida.

¡Ríndete! Quizá el cambio que esperas no es algo que tú debas hacer, planificar…. sino solo algo que debas aceptar.

PD: Y mi amiga Margarita Arjona se fue a Soria.