¿CÓMO ES LA FELICIDAD?

Este sábado ha sido uno de los días más felices de mi vida, y quiero contártelo.

Durante toda la semana el sol lució en una primavera temprana, así que ansiaba un sábado de sol para tirarme al campo, pasear, comer al aire libre. Sin embargo amaneció nublado, frío, gris. Como un jarro de agua fría a mis expectativas.

Intenté no hacerle caso. Me levanté pronto (no es un mérito, forma parte de mi naturaleza, como las piernas y los brazos) y me fui a entrenar.

El primer regalo tuvo forma de abrazo. Una compañera con síndrome de Down decidió abrazarme, lo que ya me imprimió la sonrisa de bobo para toda la mañana.

Conforme subía a la sala tuve el segundo regalo. La monitora vino hacia mí, me señalo las grandes cristaleras que siempre están cubiertas por oscuros estores y me dijo «Hoy los he dejado subidos porque he supuesto que vendrías».

El tercero me lo dio la naturaleza, pues conforme me acercaba a la zona de entrenamiento brilló el sol con fuerza.

En el desayuno, el camarero me regaló una ración de calentitos (churros para ti). «Porque sí», me dijo. Tostada y churros. ¿Alguien da más?

Tenía un encargo que hacer. «Cuando vuelvas a casa, ¿puedes comprar alcachofas y espárragos?». Tres fruterías y no quedaban. En el Súper ayudé a una reponedora que estaba agobiada con su trabajo. Después le pregunté por las dichosas verduras. «Los alcauciles se han terminado, pero yo me he reservado unos pocos. Espera que te doy la mitad». ¿Y los espárragos? «Guardados porque no podemos sacarlos hasta el lunes, pero mando a un compañero al almacén». En la cola, cuando fui a pagar, la anciana que iba delante de mí me dejó pasar «Hace un día precioso y tú eres joven para disfrutarlo».

En casa me encontré con una buena amiga que no esperaba. Las cervezas y las risas dan casi tanto calor como el sol.

Comí al aire libre. Dormí la siesta. Y durante todo el día estuve recibiendo mensajes de WhatsApp, Messenger, Instagram, de mis amigas y lectoras que estaban en Madrid, en el VIII-RA, echándome tanto de menos como yo a ellas. De verdad que me sentí querido. Tanto que me llevé la tarde escuchando mi música favorita ¿No te hace feliz oír la música que te remueve las entrañas?

Antes de cenar pude localizar a una lectora que me había hecho una mala crítica de una novela, para darle las gracias. Porque tenía razón. Porque no decía nada descabellado. Y porque cuando nos ponen en nuestro sitio hay que aprender y ser agradecidos.

No tenía previsto salir, pero recibí mensajes cruzados que me preguntaban dónde estaba. Me tiré a la calle. Me encontré con gente que hacía mucho que no veía. Con amigos que veo a menudo pero con quienes no tenía pensado quedar. Conocí a nuevos amigos. Me reí con dolor de mandíbula. Apretándome el estómago. Con lágrimas de risa.

Después bailé. Y casualmente pincharon mi música favorita, por lo que tuve que darle las gracias al Dj, que pinchó más de lo que me gustaba. Un gustoso dolor de pies.

Cuando volvía a casa, muy entrada la madrugada, me regalaron un Kebab. Sí, un kebab.

Dejé de contar los regalos que me había entregado ese día antes de que el sol estuviera en su cénit, y se me olvidan muchas cosas, te lo aseguro. Para colmo he dormido a pierna suelta.

Este sábado ha sido uno de los días más felices de mi vida. Y no ha pasado nada extraordinario. O todo lo que ha sucedido ha sido de verdad extraordinario.

Así es para mí la felicidad. Así. La verdadera felicidad.

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